En honor del segundo movimiento de la sublime partitura de "La Catedral" de Agustín Barrios... Blog que recoge artículos, críticas y reseñas musicales de José Amador Morales publicados en distintos medios, principalmente en Mundoclasico.com y Codalario.com
José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)
Málaga. Teatro Cervantes. 26 de Octubre de 2018. Franz
Schubert: Sinfonía nº3 en Re mayor,
D.200. Anton
Bruckner: Sinfonía nº3 en Re
menor, Op.74 (versión 1889).
Orquesta Filarmónica de Málaga. Antoni Wit, director musical.
Si
hay un compositor clave en la trayectoria de Anton Bruckner ese es sin duda
Franz Schubert. Más allá de la mera admiración de partida, de la influencia a
nivel formativo o de las evidentes concomitancias socioculturales, Schubert
supone para el organista de San Florián su pilar romántico indiscutible (más
robusto aquí que un Beethoven cuyo impacto en Bruckner es más a nivel formal
que de fondo) equivalente al de Bach a nivel contrapuntístico y de desarrollo
compositivo.
De
ahí que sea todo un acierto el hecho convocar a ambos compositores austríacos
en un mismo programa de concierto, en este caso con sus respectivas terceras
sinfonías (recordemos, en el caso de Bruckner, sus dos primeros esbozos
sinfónicos, ninguneados por el propio autor, que se suelen clasificar como
sinfonías 0 y 00). Evidentemente la liviana Sinfonía nº3 de Schubert carece de
la robustez y musculatura orquestal, si se nos permite la expresión, de la
Sinfonía “Wagner” de Bruckner, pero en la velada que comentamos supuso un muy
acertado punto de partida estético y expresivo para adentrarnos en el meollo de
sus fascinantes recovecos y claroscuros. También para un adecuado “engrase”
instrumental e interpretativo de una eficaz Filarmónica de Málaga. Al frente,
un segurísimo Antoni Wit de arcadas tan imponentes como directas, al que tal
vez le sobró un punto de grosor en el pesante sonido (sin duda más en sintonía
con lo que vendría después) y en unas texturas que aún deben mucho a Haydn y
Mozart.
La
dedicatoria de la Sinfonía nº3 a Wagner le valió al bueno de Anton Bruckner,
prácticamente sin comerlo ni beberlo, el encabezar la lista de la facción
prowagneriana de Viena que automáticamente blandió la bandera de su música
frente a la de Brahms, quien acaparaba los mayores éxitos en aquél momento
seguramente por su perfil musical conservador y políticamente correcto. Y por
supuesto ello le valió el rechazo, bien que algo más amable, del que fuera
principal detractor de Richard Wagner en los medios periodísticos, esto es, el
crítico y profesor Edward Hanslick.
Aquí,
la obra encontró en la batuta de Antoni Wit un hábil kapellmeister quien
afrontó con suma inteligencia una versión muy equilibrada; una lectura que fue
a más, estilísticamente intachable y de color tan denso como expresivo en sí
mismo. Esto último sólo encorsetado por la rácana acústica del teatro malagueño
que, por otra parte, también condicionaba la necesaria expansión armónica y
agógica. De tempi moderados, el director polaco destacó el contraste entre el
dramatismo de los movimientos extremos y el lirismo de los centrales,
enfatizando la profundidad expresiva del fraseo melódico y, particularmente, el
aire rústico del ländler del ‘Scherzo’ y del primer tema del último movimiento.
José Amador Morales (artículo publicado en Codalario)
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 31 de Octubre de 2018. Tomás Marco: Tenorio. Alfredo García (Tenorio), Nuria
García-Arrés (Doña Inés), Manuel de Diego (La Narración/Don Luis Mejía), Susana
Casas (Madrigal/Lucía/Doña Ana), Mercedes López Rodríguez (Madrigal), Moisés
Molina de Mera (Madrigal), Andrés Pérez Merino (Madrigal). Tenorio Ensemble
Orquesta. Manuel Busto, dirección musical.
Intercalada de manera un tanto forzada entre
las funciones de la Lucia di Lammermoor donizettiana
(ya comentada en Codalario), el Teatro de la Maestranza ha presentado esta
versión en concierto de Tenorio, la
ópera de cámara que compusiera Tomás Marco entre 2008 y 2009 para el Estío
Musical Burgalés y que, sin embargo, no fue estrenada hasta el pasado año en el
Festival de Verano de San Lorenzo de El Escorial.
Creada en torno al mito de Don
Juan, la obra es más una sucesión de reflexiones intelectuales en torno a la
idea del mito, que un desarrollo dramático y teatral de la historia a la manera
tradicional; probablemente ahí radique su principal interés y también su mayor
dificultad a la hora de conectar con el público. Este Tenorio sigue la idea de Zorrilla aunque aderezada con aportaciones
de Tirso, de Da Ponte, de Molière, Sor Juana Inés de la Cruz o Quevedo. Según
el propio compositor, “es una especie de compendio de cómo está hoy por hoy el
mito: no termina ni con la salvación ni con la condenación del personaje sino
con la transformación de Don Juan en mito (…) En realidad, aunque Zorrilla lo
salva y los demás lo condenan, el mito ni se salva ni se condena;
sencillamente, entra en nuestro inconsciente colectivo y formula diversos
interrogantes sobre el amor. En definitiva, sugiero una fábula y una reflexión
basándome en las peripecias del Don Juan de Zorrilla".
La composición requiere un
pequeño conjunto instrumental (en el concierto que comentamos compuesto por una
flauta, clarinete, fagot, trombón, tres violines, dos violas, dos violonchelos,
contrabajo y dos percusionistas), una soprano, un tenor y un barítono así como
un cuarteto vocal (con función de comentarista de la acción al estilo del coro
griego y de recreación de personajes secundarios).
Musicalmente, en esta lectura
sevillana destacaron los cuantiosos hallazgos tímbricos, con momentos realmente
hermosos (particularmente los interludios, el dúo de Doña Inés y Tenorio o la
escena final) y polirítmicos, así como la fácil comprensión del texto, sello
indiscutible de la obra vocal de Tomás Marco.
No obstante, la pretendida y
continua diversidad sonora, con células expuestas “en potencia” que dan paso
sucesivamente a otras en búsqueda de nuevos materiales auditivos, termina
saturando al espectador; como el continuo y melódicamente limitado recitativo
acaba deviniendo en monotonía expresiva. Por otra parte, a nivel estructural,
hay cierta sensación de desorden en las escenas que, a la postre, acaba por
perder al espectador que pretende seguir el argumento (algo evidentemente más
complejo tratándose de una versión de concierto: aquí las idas y venidas de los
cantantes, cambiando continuamente de atril, crearon más confusión que otra
cosa).
El Tenorio Ensemble Orquesta al
frente del sensacional trabajo del prometedor Manuel del Busto, desgranó las
excelencias instrumentales de la partitura. A nivel vocal, el reparto formado
por Alfredo García como Tenorio, Nuria García-Arréscomo Doña Inés y Manuel de Diego como
narrador y Luis Mejía cumplió con corrección y profesionalidad, al igual que
los “madrigalistas” procedentes del coro del teatro sevillano.
José Amador Morales (artículo publicado en Codalario)
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 29 de Octubre de 2018. Gaetano Donizetti:
Lucia di Lammermoor. Leonor Bonilla
(Lucia), Josep Bros (Edgardo), Vitaliy Bilyy (Enrico), Mirco Palazzi (Raimondo),
Manuel de Diego (Arturo), María José Suárez (Alisa), Gerardo López (Normanno).
Coro de la Asociación Amigos del Teatro de la Maestranza (Iñigo Sampil,
director del coro). Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Renato Balsadonna,
dirección musical. Filippo Sanjust, dirección escénica. Producción de la
Deutsche Oper Berlin.
El comienzo de la presente temporada lírica
del Teatro de la Maestranza (excepción hecha del recital de Juan Diego Flórez
apenas tres semanas antes, bien que con cargo a una entidad privada), ha vuelto
a traer uno de los títulos belcantistas por excelencia de todo el repertorio.
No en vano esta Lucia di Lammermoor hace
acto de presencia en lo que es su tercera producción en la historia del coliseo
sevillano (recordemos, inaugurado en 1991). A las protagonizadas por Kathleen
Cassello y Alfredo Kraus en 1997 (una de las últimas actuaciones del
inolvidable tenor canario en una ópera completa) y por Mariola Cantarero y Stephen
Costello en 2012, ha sucedido la que ahora comentamos con Leonor Bonilla yJosep Bros.
La añeja
producción de la Deutsche Oper Berlin que ideara Filipppo Santjust hace cuatro
décadas ha sido dirigida en esta ocasión por Gerlinde Pelkowski. Desde luego,
contemplada a día de hoy posee un inevitable aire naif, retro (o vintage como ahora está de moda decir
ahora) y nos traslada a aquellas propuestas escénicas en las que el objetivo
principal no era desenterrar ninguna pretendida intrahistoria, oculta ideología
o sesudos símbolos erótico-antropológicos tras el argumento principal; eso sí,
abunda el atrezzo de cartón-piedra, la iluminación de candilejas al borde del
escenario y abundante pintura hiperromántica, destacando la del bello telón
permanente. Al margen de ello, aquí rozó lo grotesco el carnavalesco vestuario
de función de fin de curso y, especialmente, la anodina dirección de actores.
Sobre
esto destacó la dirección musical de Renato Balsadonna quien acertó con una
presencia orquestal imponente, rescatando el protagonismo que la orquesta posee
en esta partitura (contra lo que parece ser la moda de un sonido orquestal
anodino y expresivamente insípido en el repertorio belcantista en general y de
Donizetti en particular) e imprimiendo a la Sinfónica de Sevilla (también al
coro) una intensidad y tensión realmente convenientes. Tal vez algunos efectos
agógicos, como los puntuales rallentandi,
casi siempre en las cadencias conclusivas, no siempre resultaron musicales.
Esperábamos
con extremado interés el debut de Leonor Bonilla como Lucia en lo que ha sido
su primer rol protagónico en el escenario lírico de su ciudad. Desde luego los
que hemos seguido sus actuaciones nacionales durante los últimos tres años,
hemos venido comprobando que la soprano sevillana poseía un talento canoro y
una capacidad para sorprender evidente incluso desde la humildad de roles como
los “pastores” en la Tosca pucciniana
(Sevilla, Jerez), la Giannetta de L’elsir
d’amore (Sevilla), la soprano solista de los Carmina Burana (Sevilla) o – ya palabras mayores – la fantástica Marina de Arrieta que ofreció en el
Teatro de la Zarzuela o la Condesa de Folleville de Il viaggio a Reims del Liceo barcelonés. No obstante, al abordar
esta Lucia di Lammermoor donizettiana
se sometía a toda una prueba de fuego pues aquí su parte ofrece dificultades
por doquier a la hora de una interpretación mínimamente plausible tanto a nivel
meramente vocal como expresivo y escénico. Por no hablar del omnipresente e
inevitable riesgo de agravio comparativo con respecto a tantas y tantas
insignes predecesoras que lo han abordado.
Pues
bien, Leonor Bonilla ha superado con creces todas las expectativas con esta Lucia a todas luces sobresaliente.
Ciertamente estaban ahí la materia prima, con ese timbre bellísimo al tiempo
que personal, y la imponente técnica; pero sobre todo ello ha destacado la
enorme inteligencia con la que ha sabido poner todo ello al servicio de una
interpretación de gran altura y estilísticamente incuestionable. La exquisita
línea de canto, los filados y reguladores distribuidos con tanta generosidad
como eficacia, la contundente proyección de la voz así como los robustos y
segurísimos sobreagudos fueron sólo algunas de sus armas canoras. La zona
grave, sabiamente trabajada y no sobrecargada, resultó suficiente al igual que
el impacto expresivo de su recreación, si bien – y esto es aún más interesante
– todavía tiene margen de desarrollo en futuras aproximaciones. Esto último
también es aplicable a su actuación sobre el escenario, gestualmente algo
recargada (debería de trabajar aquello de que menos es más) si bien la escena
de la locura fue particularmente lograda en este sentido. Inolvidable aquí la
sección final junto a la flauta solista, rematada con un espectacular y squillantissimo mi bemol (tampoco fue
nada baladí el que coronó “Spargi d’amaro pianto” mientras caía desvanecida en
un giro sobre sí misma). No es de extrañar que en su inmediata salida posterior
a telón bajado, el público sevillano la recibiera con el ineludible delirium tremens.
También
fue muy aplaudido Josep Bros quien ha hecho de Edgardo una de las referencias
indudables de su fantástica carrera (quien esto suscribe ha tenido la ocasión
de escucharlo en dicho rol hasta en cuatro ocasiones). A despecho de un
material no especialmente contundente de partida, el tenor catalán sigue
dotando al personaje de un fraseo de muchos quilates, una elegancia en absoluto
afectada y, en definitiva, de buen gusto interpretativo. A ello suma ahora,
gracias al progresivo ensanche de su registro central, una impresionante
introspección expresiva que ha tenido su contrapartida en un agudo duro,
tremolante y forzado.
Si
Vitaliy Bilyy compuso un Enrico de excelente entrega y presencia vocal, con
sorprendente facilidad en la zona aguda, su rudísima línea de canto así como la
incomprensible dicción le situaron fuera de órbita estilística. Más bien
sucedió al contrario con el Raimondo de Mirco Palazzi, de noble e idiomático
fraseo al que le faltó una voz con un punto de mayor proyección y entidad.
Fantásticos Manuel de Diego como Arturo y Gerardo López como Normanno.
Córdoba. Teatro Góngora. 29 de Septiembre de 2018. Aaron Copland: Fanfarria para el hombre común. Anton
Dvorak: Danza eslava nº1 en Do Mayor, op.46.
Joaquín Turina: La oración del torero, op.34.
Johann Sebastian Bach: “Mache dich, mein Herze rein” de La Pasión según san Mateo. Joaquín Valverdeç. ¡Viva Córdoba!, intermezzo. Eduardo Toldrá: “Vistas al mar”, de La Ginesta. Piotr Ilich Tchaikovsky: Romeo y Julieta, obertura-fantasía. Javier
Povedano, barítono. Orquesta de Córdoba. Director: Carlos Domínguez-Nieto.
El flamante nuevo director titular
de la Orquesta de Córdoba, Carlos Domínguez-Nieto, parece haber aterrizado en
la ciudad de la Mezquita con un buen pan – musical - debajo del
brazo. Desde luego hay tres elementos que así parecen confirmarlo: el peso específico
de su importante curriculum, el diseño de la nueva temporada y el impacto del
concierto de presentación que nos ocupa.
Nacido
en Madrid en 1972 y titulado en piano, violoncello, composición y dirección de
orquesta, Carlos Domínguez-Nieto ha desarrollado una carrera de más de veinte
años fundamentalmente entorno a Alemania. Así pues, ha ostentado la titularidad
de la Ópera de Cámara de Múnich y, durante más de seis años, el cargo de generalmusikdirektor del Teatro de Ópera
de Eisenach, la ciudad natal de Johann Sebastian Bach. En el país teutón ha
dirigido además la Staatskapelle Halle, la Filarmónica de Múnich, Orquesta Sinfónica de Nürnberg y Hof, Orquesta
Sinfónica de Múnich, la Orquesta de la Radio de Múnich, la Orquesta Sinfónica
de la Radio de Colonia, etc… También ha dirigido la Orquesta Filarmónica de
Varsovia, la Orquesta Sinfónica de Hungría, la Orquesta de la Ópera Nacional de
Hungría y la Orquesta Metropolitana de Lisboa, y en nuestro país la Orquesta de
Radio Televisión Española, la Orquesta Sinfónica de Navarra, la Orquesta de
Castilla y León, las Orquestas Filarmónicas de Gran Canaria y Málaga, la
Filharmonia de Galicia, entre otras muchas.
Elegido
entre sesenta y dos candidaturas, el director madrileño se presentó como nuevo
titular de la orquesta cordobesa con un concierto acorde con la situación, esto
es, para todos los públicos y a medio camino entre lo amable y lo atractivo.
Presentando él mismo cada una de las piezas seleccionadas, entre las que no
faltaron guiños a la música española y a grandes nombres como Bach o
Tchaikovsky, con sus introducciones ofreció al mismo tiempo aspectos
interesantes tanto de su propia personalidad musical así como avances de esta
nueva temporada de la Orquesta de Córdoba, demostrando una evidente cercanía y
empatía con el público. Musicalmente la velada se desarrolló sin descanso pero
también sin caídas de interés, obteniendo una entrega y un sonido bastante
importante por parte del conjunto sinfónico cordobés cuyos músicos se mostraron
especialmente motivados y a la altura de las circunstancias. Si en La oración del torero de Turina donde
percibimos esa calidad tímbrica, el cierre con la obertura Romeo y Julieta de Tchaikovsky devino a un tiempo como clímax
expresivo del concierto y como prometedor aperitivo musical de lo que Carlos
Domínguez-Nieto puede dar de sí en Córdoba.
Por
lo pronto la nueva temporada es hermosa como pocas y muy adecuada al cordobés,
con obras de gran repertorio pocas veces (o ninguna) escuchadas en la ciudad (La consagración de la primavera, Sinfonía
nº4 de Bruckner, La Pasión según San Mateo, El retablo de maese Pedro…)
junto a música contemporánea y española (el “rescate” de la zarzuela Viva Córdoba cuyo intermezzo fue
interpretado en este concierto de presentación con enorme éxito) así como con
directores invitados como Juanjo Mena o el esperado regreso del que fuera también
titular de la Orquesta de Córdoba, Manuel Hernández-Silva.
José Amador
Morales (artículo publicado en Codalario)
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 10 de Octubre de 2018. Juan
Diego Flórez, tenor. Vincenzo Scalera, piano. Obras de Wolfgang Amadeus Mozart,
Gaetano Donizetti, Giuseppe Verdi, Jules Massenet, Charles Gounod y Giacomo
Puccini.
Regresó Juan
Diego Flórez a Sevilla trece años después de su última visita
(y veinte desde su aparición en Alahor in Granata de Donizetti) saliendo,
como entonces, triunfador de una velada en la que conquistó nuevamente al
público sevillano en base a su comunicatividad y a un programa sin concesiones
y completísimo.
A propósito del
repertorio seleccionado, la comparación entre las piezas seleccionadas en aquél
recital del 10 de Marzo de 2005 y las del que nos ocupa, resulta un claro
exponente de la evolución de Flórez en su carrera operística. Si por aquél
entonces se presentaba como exitoso tenor rossiniano, ahora su repertorio
pretende abarcar más roles del repertorio clásico romántico hasta el punto de
ni siquiera ofrecer en esta ocasión una sola página del compositor de Pésaro.
Su voz, no en vano, lógicamente ha evolucionado con ello y sus agudos, aun
siendo impactantes, no resultan tan fáciles al tiempo que su centro presenta un
punto de más anchura. No obstante mantiene las principales cualidades vocales de
antaño, esto es, un timbre ciertamente personal y atractivo, un fraseo de
encantadora naturalidad y una técnica de calidad incuestionable. Por el
contrario, probablemente sea el relativo volumen y el escaso registro grave los
aspectos más insuficientes de su instrumento que, a la postre, le impiden
desarrollar su potencial en un repertorio más pesado. En este sentido, el
recital pareció estar planteado a modo de crescendo, esto es, de una progresiva
exigencia de mayor densidad vocal de las piezas seleccionadas.
Flórez comenzó
un Mozart de bello fraseo en “Dies Bildnis ist bezaubernd schön” de La flauta mágica,
tal vez un punto narcisista, y conveniente diferenciación entre los diversos
pasajes en la escena “Si spande al
sole in faccia” de Il re pastore, cuya entrega final
avanzó en parte lo que vendría a continuación. Porque si su “Una furtiva
lacrima” convenció por su habitual sobriedad expresiva, dejando que la mera
sensualidad del fraseo subyugara por sí sola, en la escena final de Lucia
di Lammermoor
descubrimos probablemente el mejor resultado de la evolución de Flórez estos
últimos años, con un centro más nutrido que le permitió cincelar de forma
extraordinaria el recitativo previo, un aria de alto calado expresivo que
coronó con agudo de excelente apoyo y proyección así como una dramáticamente
eficaz dosificación de los silencios finales. Tras ello, perdió algo de pie en
la escena de La traviata con un aria algo descafeinada en lo expresivo y una
cabaletta con evidente falta de empuje.
En la segunda parte, las arias de
Massenet dieron una de cal y otra de arena, pues si la contemplativa "En fermant les yeux” de Manon – al igual que la célebre “Pourquoi me réveiller” de Werther - fueron momentos ideales para
el lucimiento de su elegante y natural línea de canto, en "Ah, fuyez douce
image” acusó problemas en el pasaje y en el fiato. Seguramente entre ambos, el
aria del Faust de Gounod supuso un
equilibrado término medio vocal y expresivo. El recital fue cerrado oficial y
extraoficialmente con dos famosas páginas puccinianas: una hermosa “Che gelida
manina” de La bohème y una impactante
“Nessun dorma” de Turandot que contó
con el propio público como insólito – ¡y afinado! – coro acompañante. Al igual que otras páginas ofrecidas
durante la velada (no digamos Les vêpres
siciliennes, con esa estupenda “A toi que j'ai chérie”), el morbo canoro
aquí residió en lo inverosímil de ver a Flórez algún día cantando dichas óperas
sobre el escenario y con una orquesta sinfónica por delante al tiempo que el
disfrute de unas interpretaciones aquí apropiadas.
Entre
ambas, y para delicia de un público para entonces ya rendido a sus pies, Juan
Diego Flórez ofreció la inevitable “Ah mes amis” de La fille du règiment de Donizetti y, acompañándose a la guitarra,
sus célebres versiones de Cucurrucucú,
José Antonio, La flor de la canela y Granada.
Estupendo Vincenzo Scalera al piano quien, además de su acreditado prestigio
como acompañante de cantantes, regaló estimables versiones del Vals en Do mayor de Donizetti y la
“Meditación” de Thaïs de Massenet.
Bombardeo del ejercito israelí en Gaza en 2018 (foto Reuters)
José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)
Sevilla. Teatro imponente de la Maestranza. 14 de Septiembre
de 2018. Samuel
Zyman: Sefarad, para guitarra
y orquesta. Leonard Bernstein: Sinfonía
nº3 “Kaddish”. José María Gallardo, guitarra. Kelley Nassief, soprano. Coro
de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza. Escolanía de Los
Palacios. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. John Axelrod, director musical.
El primer concierto de abono de esta temporada
de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla ofrecía un programa con un hilo
conductor – la música judía - muy traído por los pelos que a la postre trajo
unos resultados artísticos bastante irregulares.
A estas
alturas resulta bastante cansina la receta consistente en ofertar un estreno
concertístico para guitarra y orquesta siempre a cargo del guitarrista
sevillano José María Gallardo. Suelen ser, como es el caso de este Sefarad de Samuel Zyman, obras con un
evidente impacto rítmico y con agradables melodías en un claro afán por
conectar con el espectador. Pero al mismo tiempo se trata de presuntos estrenos
musicales que contienen siempre demasiados lugares comunes y cuyas fórmulas
compositivas nos remiten insistentemente a otras anteriores del género clásico,
popular y hasta cinematográfico que todos tenemos en la memoria. Tampoco ayuda
en ese sentido la versión de Gallardo, en principio un guitarrista con grandes
recursos, que carga las tintas en los efectos aflamencados, un sonido metálico
y monocolor así como un enfoque interpretativo solvente, sí, pero tremendamente
tedioso y poco interesante. Lo mismo puede decirse de las dos propinas
ofertadas, Lorca y Falla con un generoso barniz de cansino flamenquito… Y uno,
apasionado de la guitarra desde el conservatorio, se pregunta si acaso conocen
en esta tierra ese monumento a la música contemporánea y al instrumento en sí
que suponen los conciertos para guitarra y orquesta de Leo Brouwer por citar un
ejemplo significativo, o si no hay más guitarristas de nivel susceptibles de
ser escuchados por el público sevillano. Y puestos a experimentar con el mundo
sinfónico y flamenco es preferible acudir a obras más solventes como las de
Manolo Sanlúcar, Vicente Amigo o Juan Manuel Cañizares. Lo que desde luego ha
quedado claro es que la receta Axelrod-ROSS-Gallardo está agotadísima.
Imponente
resultó la interpretación de la Sinfonía
nº3 “Kaddish” de Leonard Bernstein con un John Axelrod en su salsa (también
lo estuvo en el estreno citado pues el americano disfruta con esas obras tan abundantes
en contrastes rítmicos que rozan lo folclórico), como también alcanzaron una
gran altura tanto la Sinfónica de Sevilla como el coro del Teatro de la
Maestranza y la Escolanía de Los Palacios, así como la participación solista de
la soprano Kelley Nassief.
El problema aquí para quien esto suscribe no fue
desde luego artístico en esta obra a caballo entre la sinfonía, el oratorio y
el Réquiem, sino moral. El cambio del texto original que sustenta la narración
de la sinfonía fue cambiado (no suficientemente justificado ni acreditado,
dicho sea de paso) por la que realizara Samuel Pisar. Este superviviente del
holocausto ofrece un relato con abundantes alusiones directas a lo que viene
siendo el discurso oficial en torno al drama sufrido por los judíos no sólo
durante la Segunda Guerra Mundial sino en otras persecuciones a lo largo de la
historia… La lectura emocionada por parte de su hija y viuda fue realmente
conmovedora en un primer plano; pero quien esto suscribe no dejó de ver en ello
un desagradable y cínico ejercicio de victimismo al recordar la no menos
dramática, sangrante e injusta realidad, aquí convenientemente ninguneada: la
vulneración sistemática de derechos humanos y bombardeos continuos por parte de
un autodenominado gobierno sionista en lo que sin duda es el campo de
concentración más grande que existe en la actualidad, Gaza.
José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)
Santander. Palacio de Festivales. 25 de Agosto de 2018.
George Enescu: “Prélude à l’unisson”, de
la Suite nº1 para orquesta piano nº9. Béla Bartók: Música para cuerdas, percusión y celesta. Gustav Mahler: Sinfonía nº4 en Sol mayor. Christina
Landshamer, soprano. Budapest Festival Orchestra. Ivan Fischer, director
musical. Festival Internacional de Santander.
El último
concierto del Festival de Santander ha contado con la presencia de la Budapest
Festival Orchestra junto al que ha sido su fundador y principal director desde
hace treinta y cinco años, Ivan Fischer. Como corresponde a una clausura
oficial, en la sala del Palacio de Festivales destacaba la presencia de
autoridades así como de alguna que otra cara conocida, suponemos que con
interés de disfrutar del suculento programa musical que ofrecía la velada.
El concierto funcionó en
sí mismo como un logrado crescendo en cuanto a interés y resultados
interpretativos. Algo también conseguido a nivel tímbrico, pues de partida la
obra de Enescu, su Prélude à
l’unisson, en su neoclásica factura y, como indica su propio título, su
tratamiento únicamente horizontal de la música (la únicaheterofónica armonía que contiene es la
resultante del arpegio), permitió de manera explícita saborear una de las
principales bazas – acaso la mayor – de la orquesta húngara: la inmensa calidad
de sus cuerdas, de color genuinamente eslavo y tan aceradas como punzantes. Si
la obra del compositor rumano puso a prueba las cualidades tímbricas del
conjunto, la de Bartok hizo lo propio con las técnicas. Y es que los pizzicati,
las polirritmias y el característico diseño antifonal de su Música para cuerdas, percusión y celesta, con
una canónica división a dos orquesras como corresponde, fueron afrontados con
tanta solvencia como musicalidad. Claro, que también estaba ahí un Iván Fischer
que defendió con atinada sobriedad la obra de Enescu como escrupulosidad y
transparencia la del húngaro.
Pero
donde realmente Fischer demostró ser un intérprete acreditado y la Budapest
Festival Orchestra un instrumento idiomático, fue con la hermosa Sinfonía nº4 aquí servida con un
acertado enfoque camerístico sin eludir un sólido preciosismo instrumental. El
director aquincense ofreció una lectura de gran personalidad, mostrando una
atención infinita a los detalles (como los repentinos sforzandi, crescendi o decrescendi en una misma frase melódica, a veces
en un mismo acorde) y un generoso apego por el portamento, aunque nunca
unilateral y siempre musical. Tras una bellísima transición hacia el Sehr behaglich, el último movimiento, a
menudo tratado como un aria añadida, aquí se constituyó por derecho como el
verdadero y lógico clímax de la obra con un tempo ligero afín a la desbordante
alegría del texto (recordemos, un canto infantil procedente de "Des Knaben
Wunderhorn"). Christina Landshamer compensó con su voz de atractivo color
y su elegante fraseo un exiguo registro grave que le impidio dotar a su parte
de un mayor calado expresivo.
Ante el entusiasmo con
el que el público recibió la interpretación mahleriana, los músicos húngaros
ofrecieron una insólita versión del Laudate
Dominun de Mozart en la que ellos mismos cantaban, con aplicada afinación y
empaste, mientras tocaban; o lo que es lo mismo, ejerciendo de coro y orquesta
a un tiempo e incorporándose la soprano solista en la parte correspondiente.
Versión acogida con comprensible vehemencia por parte de los presentes, que
redoblaron las aclamaciones.
José Amador Morales (artículo publicado por Mundoclasico)
Santander. Palacio de Festivales. 24 de Agosto de 2018. Philip Glass: The Chase (Orphée and the Princess), Stoke’s Duet, The Poets Acts,
Etude nº5, Cuatro movimientos para dos pianos.Leonard Bernstein: West Side Story (arreglo para dos pianos
y percusión de Irwin Kostal). Katia Labèque y Marielle Labèque, pianos. Raphael
Seguinier, batería. Gonzalo Grau, percusión. Festival Internacional de
Santander.
En su recta
final, la presente edición del Festival Internacional de Santander ha acogido
la visita de las hermanas Labèque que en esta ocasión ofrecían un interesante
“mano a mano” Glass y Bernstein. Desde luego la trayectoria casi mítica del dúo
(su propia biografía ya tiene interés en sí misma) unido a lo inhabitual del
formato en las salas de conciertos, por más que hayan hecho de su carrera una
apasionada cruzada musical contra ello, ya suponían por sí solos un reclamo
para la asistencia e indudablemente un aliciente en la programación del
festival santanderino.
Así pues, la primera
parte fue dedicada a Philip Glass e incluyó los estrenos en España de The Chase y Stoke’s Duet. La primera pieza, procedente de la ópera Orphée and the Princess, trata de
reflejar el tradicional contraste entre vida y muerte que refleja el mito
musical por excelencia. De igual origen programático es la segunda, pues está
incluida en la banda sonora de Stoker,
así como The Poets Acts, compuesta
para la película The hours. Esta
última fue interpretada en solitario con evidente sensibilidad por Katia
Labèque, de la misma forma que Marielle afrontó la versión del Etude nº5. El homenaje a Glass se
concluyó con una enérgica versión de Cuatro
movimientos para dos pianos, habitual caballo de batalla de las hermanas
francesas en sus recitales. En general, lecturas sobradísimas en lo técnico e
intachables en lo idiomático de la música del estadounidense (con sus arpegios
infinitos y ritmos hipnóticos), aunque no especialmente entusiasmantes y un
punto frías en lo expresivo.
Fue
inevitable una mayor conexión con el público en la segunda parte a costa de las
popularísimas melodías del West Side
Story de Bernstein, afrontadas con espontaneidad, naturalidad y virtuosismo
por las Labèque así como por una muy atinada - en su equilibrio - percusión con
la que hubo una evidente química musical. Una interpretación que homenajea a
Leonard Bernstein en el centenario de su nacimiento con una versión para dos pianos y percusión que arreglara Irwin
Kostal, orquestador original de West Side
Story junto a Sid Ramin, expresamente para las hermanas Labèque. Un público
que disfrutó con fragmentos ya clásicos como Jet Song, Mambo, María, Tonight o America, este último con unas casi aflamencadas palmas de los
percusionistas y que fue bisado ante los continuos aplausos de los asistentes.
José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)
Santander. Palacio de Festivales. 23 de Agosto de 2018.
Franz Liszt: Concierto para piano nº2 en
La Mayor, S.125. Anton Bruckner: Sinfonía nº4 “Romántica” en Mi bemol mayor.
Yefim Bronfman, piano. Orquesta Filarmónica de Rotterdam. Yannick Nézet-Séguin,
director musical. Festival Internacional de Santander.
El
antepenúltimo concierto de la presente edición del Festival Internacional de
Santander suponía, a su vez, la primera escala de la gira que la Filarmónica de
Rotterdam ha iniciado en la capital cántabra y con la que se despide el que ha
sido su director desde hace diez años, Yannick Nézet-Séguin. Indudablemente un
componente emotivo que seguramente estaba detrás del evidente entusiasmo y
entrega con los que el canadiense, que no cortará lazos artísticos con el
conjunto holandés como confirmó a quien esto suscribe, afrontó tanto el
concierto que comentamos como los ensayos preparatorios. Algo parecido
podríamos igualmente señalar en torno al ambiente de incuestionable comunión y
compromiso, entre músicos y director. Pero ello fue reflejado, más que de
ninguna otra manera, en unos resultados musicales de una velada que en este
sentido rayó a gran altura. En primer lugar, un
Liszt soberbio cuyo Concierto para piano
nº2 tuvo en manos de Yefim Bronfman a un solista de pulsación incisiva e
intachable articulación. Capaz de subyugar con seductor fraseo en los pasajes
más líricos como de imponerse contundente en el “Marziale” y en la coda fina
sin por ello desmerecer sus musicalísimos diálogos con los demás solistas de la
orquesta. Esta, espoleada por Nézet-Seguin, supo aprovechar sus momentos de
indudable protagonismo, que los tiene en esta obra en bastante mayor medida que
otras del género, y conectar expresivamente con Bronfman en una versión de gran
intensidad. El pianista nacido en Uzbekistán ofreció una apasionada lectura del
Estudio revolucionario de Chopin ante
las insistentes aclamaciones del público.
A la vuelta del descanso
la Sinfonía nº4 de Bruckner fue
servida en una versión de gran belleza sonora y sincera comunicatividad. Para
ello Yannick Nézet-Séguin se apoyó en el hermoso sonido de una Filarmónica de
Rotterdam al nivel de las más grandes en la que destacó la sedosa cuerda y
la impresionante calidad de las maderas, sin desmerecer unos metales compactos
y segurísimos. Fue este un Bruckner amable, con claras reminiscencias en su
énfasis lírico y melódico a sus fuentes schubertianas más que wagnerianas, y
por ello puede que a algunos les pareciera demasiado ligero y poco denso;
también en lo expresivo, con un preciosismo tímbrico de indudable autenticidad
pero que tal vez se dejó por el camino demasiada verdad dramática y, por ende,
expresiva.
José Amador Morales (artículo publicado en Codalario)
Salzburgo. Großes Festspielhaus. 21 de Agosto de 2018. Gustav Mahler: Sinfonía nº9. London Symphony Orchestra. Simon Rattle,
director musical.
Tras el
festín sinfónico del día precedente con un concierto que superó las dos horas y
media de duración, la London Symphony Orchestra y Simon Rattle se despidieron
de Salzburgo con una Sinfonía nº9 de
Mahler de gran impacto expresivo. Las “cuatro maneras de decir adiós”, lúcida
expresión con la que Leonard Bernstein definió la última sinfonía completa del
compositor bohemio, fue compuesta probablemente en el clímax trágico de su vida
pues durante su proceso creativo tuvo lugar lamuerte de su hija María, el descubrimiento de la infidelidad de su
esposa Alma y el diagnóstico de su enfermedad cardíaca que a la postre
resultaría mortal.
Una sinfonía en la que Mahler, como señaló Pérez de Arteaga,
“plantea la disyuntiva entre el ‘ser’ y el ‘dejar de ser’, entre el sentido y
la ausencia, entre la fe religiosa y la duda racional, entre el amor y su
carencia”, todo ello con un tratamiento musical que, a pesar de no incluir el
canto como en sus trabajos sinfónicos precedentes, supera empero en carácter
cantabile a todos ellos pues a esas alturas los recursos orquestales del
compositor eran insuperables en términos expresivos, como sugiere David
Holbrook.
Rattle,
sin partitura ni siquiera atril por delante al igual que el día anterior,
ofreció una “Novena” muy comunicativa pero sin extravagancia y hasta cierto
punto sobria en su intimismo. La ejecución, soberbia en su transparencia y
brillantez en un plano meramente sonoro, también rezumó equilibrio,
concentración y musicalidad a raudales. Tal vez más ligero y menos insondable
en los länder del segundo movimiento y en el tan satírico y como descomunal
Rondo-Burleske, en todo casos muy lejos de toda afectación y siempre
temperamentales, pero decididamente auténtico y conmovedor en todo el
apasionante entramado de los movimientos extremos. La infinita gradación
dinámica de los veintisiete compases que conforman el intenso adagio fue
desgranada de forma sutilísima sin perder un ápice de tensión. En definitiva,
una versión de enorme belleza y atractivo interpretativo con la que Simon
Rattle se vuelve a reivindicar como director mahleriano al tiempo que la London
Symphony hace lo propio como la mejor orquesta sinfónica británica.
Tras
salir del trance que suele acompañar la audición de esta sinfonía quasi requiem, más aún si se trata de
una interpretación en directo y de este nivel, un público puesto en pie agasajó
efusivamente a los intérpretes obligando al director a salir en numerosas
ocasiones para recibir las aclamaciones.
José Amador Morales (artículo publicado en Codalario)
Salzburgo. Großes Festspielhaus. 20 de Agosto de 2018. Leonard Bernstein:
Sinfonía nº2 “The Age of Anxiety” para
dos pianos y orquesta; Anton Dvorak: Danzas
eslavas op.72; Leos Janacek: Sinfonietta
op.60. Krystian Zimermann, piano. London Symphony Orchestra. Simon Rattle,
director musical.
La gira
que ha consagrado el matrimonio musical entre Simon Rattle y la London Symphony
Orchestra recaló en Salzburgo haciéndose efectiva en dos intensísimos programas
de concierto. Si bien es una relación conocida y cultivada desde hace tiempo
(quien esto suscribe ha tenido la oportunidad de disfrutar de la misma en
sendas visitas en 2016 y 2017 al Festival Internacional de Música y Danza de
Granada), ahora es oficial tras la separación del director británico de los
destinos de una Filarmónica de Berlín que ha dirigido desde hace dieciocho
años.
Ambas
citas han incluido, además, obras y compositores estrechamente vinculados a la
carrera de Rattle. En la primera, el generoso programa se abría con la Sinfonía nº2 de Leonard Bernstein que,
basada en el poema “The Age of Anxiety” de Wystan Hugh Auden y estrenada en
1949 con dedicatoria a Serge Koussevitzky, ofrece un formato a medio camino
entre el poema sinfónico y el concierto con solista. El piano aquí es una
suerte de narrador en solitario (el propio Bernstein llegó a afirmar que en
este instrumento reflejó su propia dimensión individual) en una obra sinfónica
de gran personalidad, dentro del habitual eclecticismo de su autor, que no
rehúye las variaciones, el virtuosismo, el jazz, el tratamiento orquestal al
más amplio nivel ni tampoco el camerístico. Tampoco quedan muy lejos los ecos
de Gershwin, Stravinsky o Copland en una partitura de importante calado
dramático en la que ni siquiera el swing de “The masque” puede considerarse un
superficial divertimento.
Un Krystian Zimermann en plenitud de facultades
ofreció una interpretación entregada y con una evidente química musical tanto con
la orquesta (extraordinario el diálogo-discusión con el piano vertical en el
tramo final) como con un Rattle entusiasta que conoce – y defiende - el estilo
como pocos.
No obstante, tratándose de esto
último es indudable que las Danzas
eslavas de Dvorak son una de sus especialidadesa las que vuelve constantemente y de las que
no es inusual que ofrezca interpretaciones fuera de programa en sus conciertos.
En esta ocasión, las comprendidas en el opus 72 fueron destiladas con gran
preciosismo tímbrico y énfasis rítmico pero también con una atinada dosis de
melancolía y un refinamiento al borde del decadentismo.
Tras la brillante y
espectacular coda de la penúltima danza, un “Allegro vivace” en Do mayor, fue
inevitable la vehemente reacción del público al que se dirigió Rattle, con fina
ironía y gran sentido del humor, de esta guisa: “siento decirles que aún queda
una danza más por interpretar”.
La Sinfonietta de Janacek permitió a la London Symphony presumir
nuevamente del poderío impresionante de sus metales (finísimas las once
trompetas que atacaron en pie la fanfarria introductoria), del equilibrio de
unas cuerdas sedosas al tiempo que punzantes así como de unas contundentes
flautas y clarinetes; todo ello en una versión intachable por estilo y por
acertado color eslavo.