José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)
Santander. Palacio de Festivales. 23 de Agosto de 2018.
Franz Liszt: Concierto para piano nº2 en
La Mayor, S.125. Anton Bruckner: Sinfonía nº4 “Romántica” en Mi bemol mayor.
Yefim Bronfman, piano. Orquesta Filarmónica de Rotterdam. Yannick Nézet-Séguin,
director musical. Festival Internacional de Santander.
El
antepenúltimo concierto de la presente edición del Festival Internacional de
Santander suponía, a su vez, la primera escala de la gira que la Filarmónica de
Rotterdam ha iniciado en la capital cántabra y con la que se despide el que ha
sido su director desde hace diez años, Yannick Nézet-Séguin. Indudablemente un
componente emotivo que seguramente estaba detrás del evidente entusiasmo y
entrega con los que el canadiense, que no cortará lazos artísticos con el
conjunto holandés como confirmó a quien esto suscribe, afrontó tanto el
concierto que comentamos como los ensayos preparatorios.
Algo parecido
podríamos igualmente señalar en torno al ambiente de incuestionable comunión y
compromiso, entre músicos y director. Pero ello fue reflejado, más que de
ninguna otra manera, en unos resultados musicales de una velada que en este
sentido rayó a gran altura. En primer lugar, un
Liszt soberbio cuyo Concierto para piano
nº2 tuvo en manos de Yefim Bronfman a un solista de pulsación incisiva e
intachable articulación. Capaz de subyugar con seductor fraseo en los pasajes
más líricos como de imponerse contundente en el “Marziale” y en la coda fina
sin por ello desmerecer sus musicalísimos diálogos con los demás solistas de la
orquesta. Esta, espoleada por Nézet-Seguin, supo aprovechar sus momentos de
indudable protagonismo, que los tiene en esta obra en bastante mayor medida que
otras del género, y conectar expresivamente con Bronfman en una versión de gran
intensidad. El pianista nacido en Uzbekistán ofreció una apasionada lectura del
Estudio revolucionario de Chopin ante
las insistentes aclamaciones del público.
Algo parecido
podríamos igualmente señalar en torno al ambiente de incuestionable comunión y
compromiso, entre músicos y director. Pero ello fue reflejado, más que de
ninguna otra manera, en unos resultados musicales de una velada que en este
sentido rayó a gran altura. En primer lugar, un
Liszt soberbio cuyo Concierto para piano
nº2 tuvo en manos de Yefim Bronfman a un solista de pulsación incisiva e
intachable articulación. Capaz de subyugar con seductor fraseo en los pasajes
más líricos como de imponerse contundente en el “Marziale” y en la coda fina
sin por ello desmerecer sus musicalísimos diálogos con los demás solistas de la
orquesta. Esta, espoleada por Nézet-Seguin, supo aprovechar sus momentos de
indudable protagonismo, que los tiene en esta obra en bastante mayor medida que
otras del género, y conectar expresivamente con Bronfman en una versión de gran
intensidad. El pianista nacido en Uzbekistán ofreció una apasionada lectura del
Estudio revolucionario de Chopin ante
las insistentes aclamaciones del público.
A la vuelta del descanso la Sinfonía nº4 de Bruckner fue servida en una versión de gran belleza sonora y sincera comunicatividad. Para ello Yannick Nézet-Séguin se apoyó en el hermoso sonido de una Filarmónica de Rotterdam al nivel de las más grandes en la que destacó la sedosa cuerda y la impresionante calidad de las maderas, sin desmerecer unos metales compactos y segurísimos. Fue este un Bruckner amable, con claras reminiscencias en su énfasis lírico y melódico a sus fuentes schubertianas más que wagnerianas, y por ello puede que a algunos les pareciera demasiado ligero y poco denso; también en lo expresivo, con un preciosismo tímbrico de indudable autenticidad pero que tal vez se dejó por el camino demasiada verdad dramática y, por ende, expresiva.


No hay comentarios:
Publicar un comentario