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jueves, 6 de diciembre de 2018

El Shostakovich de Hernández Silva


José Amador Morales 

(artículo publicado en Mundoclasico)

Málaga. Teatro Cervantes. 9 de Noviembre de 2018. Dimitri Shostakovich: Concierto para violín nº1 en la menor, op.77; Sinfonía nº5 en re menor, op.47. Robert Lakatoš, violín. Orquesta Filarmónica de Málaga. Manuel Hernández Silva, director musical.

 De espectacular podríamos calificar el programa que la Orquesta Filarmónica de Málaga en su cuarto concierto de abono de la presente temporada. Un monográfico Shostakovich que, a la postre, podría ser considerado como toda una prueba de fuego para cualquier orquesta sinfónica que se precie. Y no digamos para un director musical. Aquí Manuel Hernández Silva puso de manifiesto, más allá de cualquier consideración más intrínsecamente interpretativa, la paulatina pero al mismo tiempo implacable consolidación y crecimiento del conjunto sinfónico malagueño desde que asumió su dirección titular hace ahora cuatro años. La seguridad y concentración de los metales, cuya prestación mejoró incluso la cita precedente a propósito de la Sinfonía nº3 de Bruckner (ver reseña correspondiente aquí), o la precisión de las maderas son solo una muestra de ello; aún queda mucho por hacer pues no existen los milagros, especialmente en el campo de la mera calidad tímbrica colectiva (y particularmente de las cuerdas), pero los avances son evidentes.
Y prueba de ello, como hemos señalado al principio, es el concierto que comentamos. De partida, el Concierto para violín tuvo en las manos de Robert Lakatoš un violín sin un sonido de especial personalidad pero de gran seguridad y compromiso expresivo. La tensión y creciente intensidad impulsada por Hernández Silva espolearon al violinista serbio que fue a más y destacó especialmente en los momentos más satíricos de la partitura del compositor ruso, como la burlesque o el scherzo, así como en la impresionante cadencia final. Lakatos remató su actuación ofreciendo una muy expresiva Balada de Eugène Ysaÿe que el público recibió en pie.
Tras el descanso, nada más y nada menos que la Sinfonía nº5 de Shostakovich aguardaba en los atriles. Aún recordamos con agrado la admirable interpretación que el mismo Hernández Silva regalara hace dos veranos en el Festival de Música y Danza de Granada al frente de la Orquesta Joven de Andalucía (ver reseña correspondiente aquí). 
En la ocasión que nos ocupa, más allá de lo compacto de la propuesta sonora, de la contundencia intrínseca de la mera ejecución o del férreo control por parte de la batuta, nos cautivó la inmensa sobriedad del concepto de Hernández Silva, por otra parte musicalísimo y expresivo más allá de toda tentación megalomaníaca y, por ende, efectista. Una sinfonía desgranada de un solo trazo, con una concentración extraordinaria por parte de los músicos de la Filarmónica de Malaga, también en sus numerosas exigencias solistas. Y una lectura que también será recordada por su idiomatismo y por un mágico equilibrio entre lo caricaturesco, lo danzable, lo lírico y lo abiertamente lacerante.

viernes, 30 de noviembre de 2018

La última Traviata de Arteta


José Amador Morales (artículo publicado en Codalario)

Teatro Cervantes de Málaga. 23 de Noviembre de 2018. Giuseppe Verdi: La traviata. Opera en tres actos con libreto de Francesco Maria Piave. Ainhoa Arteta (Violeta), Antonio Gandía (Alfredo), Juan Jesús Rodríguez (Giorgio Germont), Mónica Campaña (Flora), Alba Chantar (Annina), Luis Pacetti (Gastone), José Manuel Díaz (Douphol), Isaac Galán (D’Obigny), Francisco Tójar (Dottore Grenvil), Elías Gallego (Giuseppe), Juan Antonio Blanco (Un mensajero), José Juan Guzmán (Un sirviente). Coro de Ópera de Málaga (Salvador Vázquez, director del coro). Orquesta Filarmónica de Málaga. José María Moreno, director musical. Francisco López, director de escena. Producción del Teatro Villamarta de Jerez.

                 El Teatro Cervantes de Málaga ha apostado por una temporada lírica íntegramente verdiana, toda vez que está compuesta por puestas en escena de La traviata, Aida y Otello. Si en el caso de este último título asistiremos al esperado debut de Jorge de León en el rol protagónico (acompañado por Carlos Álvarez como indiscutible gloria local), en la que nos ocupa Ainhoa Arteta ha dicho adiós a un papel como Violetta Valery que ha prodigado desde los inicios de su carrera, si bien llevaba quince años sin abordarlo.
               Ha sido la tercera vez en dos décadas que quien esto suscribe ha presenciado La traviata protagonizada por la soprano vasca y, sin duda, la más interesante (aún desde el convencimiento de que es una sabia decisión retirar este rol de su carrera). Lejos de las lecturas primerizas y epidérmicas así como de aquellos aires de diva advenediza, Arteta ha madurado enormemente en lo artístico y en lo vocal, manteniendo al mismo tiempo la gran presencia escénica y la elegancia de siempre. Ahora, nada más salir a escena el personaje aparece en todo su esplendor y es Violetta, no tanto Arteta cantando Violetta. La voz sigue siendo hermosa, esmaltada y con gran presencia aunque a veces no llegue a controlar del todo ese creciente vibrato y haya algún que otro ataque con la glotis no muy afortunado. Evidentemente el final del primer acto le plantea evidentes aprietos pero aquí, sin llegar a estar cómoda, salió bastante airosa, afrontándolo con inteligencia y sin comprometer en ningún momento su excelente musicalidad. Ya en el recitativo de “Ah, fors'è lui” ofreció frases de gran calado expresivo y que revelaban el grado de introspección al que ha llegado Arteta con este personaje. Algo que lógicamente fue a más en los siguientes actos y que de alguna manera cuajó en un “Addio del passato” recibido con grandes aclamaciones y en el que mostró un fraseo de muy buen gusto.

               A su lado, Antonio Gandía compuso un bastante desdibujado Alfredo Germont para el que a priori parecía tener las cualidades ideales, sucumbiendo con una línea de canto superficial y una caracterización vacía en todos los sentidos, que ni siquiera logró levantar el vuelo en su aria y cabaletta o en la escena de la casa de Flora. No fue el caso de Juan Jesús Rodríguez, quien cosechó el mayor éxito que le haya visto quien firma. No en vano, su Giorgio Germont se ajustó como un guante a sus cualidades vocales, esto es, voz de entidad, timbre atractivo y entrega a raudales, a despecho de esa resonancia nasal y engolada en el registro agudo cuando era atacado desde abajo. El público malagueño se rindió ante la actuación del barítono de Cartaya.
               Muy bien el resto del reparto así como el Coro de Ópera de Málaga, si bien le hemos escuchado en mejores prestaciones, algo extensible a la siempre solvente y comprometida Orquesta Filarmónica de Málaga. José María Moreno dirigió con corrección, atención a los cantantes y un mínimo sentido dramático. Aunque hubo demasiados sonidos romos, sus tempi proporcionaron acertadas fluidez y progresión de la acción.

               La conocida producción de Francisco López (muy aplaudido cuando salió a saludar) para el Teatro Villamarta de Jerez era una apuesta segura, habida cuenta de su solvencia dramática, aceptación por parte del público y respeto hacia la obra verdiana. A lo que deberíamos añadir que ya era conocida y valorada por Ainhoa Arteta por su participación en anteriores puestas en escena de la misma, según afirmó la soprano en rueda de prensa. 

miércoles, 14 de noviembre de 2018

La receta del kapellmeister


José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)

Málaga. Teatro Cervantes. 26 de Octubre de 2018. Franz Schubert: Sinfonía nº3 en Re mayor, D.200. Anton Bruckner: Sinfonía nº3 en Re menor, Op.74 (versión 1889). Orquesta Filarmónica de Málaga. Antoni Wit, director musical. 

 Si hay un compositor clave en la trayectoria de Anton Bruckner ese es sin duda Franz Schubert. Más allá de la mera admiración de partida, de la influencia a nivel formativo o de las evidentes concomitancias socioculturales, Schubert supone para el organista de San Florián su pilar romántico indiscutible (más robusto aquí que un Beethoven cuyo impacto en Bruckner es más a nivel formal que de fondo) equivalente al de Bach a nivel contrapuntístico y de desarrollo compositivo.
De ahí que sea todo un acierto el hecho convocar a ambos compositores austríacos en un mismo programa de concierto, en este caso con sus respectivas terceras sinfonías (recordemos, en el caso de Bruckner, sus dos primeros esbozos sinfónicos, ninguneados por el propio autor, que se suelen clasificar como sinfonías 0 y 00). Evidentemente la liviana Sinfonía nº3 de Schubert carece de la robustez y musculatura orquestal, si se nos permite la expresión, de la Sinfonía “Wagner” de Bruckner, pero en la velada que comentamos supuso un muy acertado punto de partida estético y expresivo para adentrarnos en el meollo de sus fascinantes recovecos y claroscuros. También para un adecuado “engrase” instrumental e interpretativo de una eficaz Filarmónica de Málaga. Al frente, un segurísimo Antoni Wit de arcadas tan imponentes como directas, al que tal vez le sobró un punto de grosor en el pesante sonido (sin duda más en sintonía con lo que vendría después) y en unas texturas que aún deben mucho a Haydn y Mozart.
La dedicatoria de la Sinfonía nº3 a Wagner le valió al bueno de Anton Bruckner, prácticamente sin comerlo ni beberlo, el encabezar la lista de la facción prowagneriana de Viena que automáticamente blandió la bandera de su música frente a la de Brahms, quien acaparaba los mayores éxitos en aquél momento seguramente por su perfil musical conservador y políticamente correcto. Y por supuesto ello le valió el rechazo, bien que algo más amable, del que fuera principal detractor de Richard Wagner en los medios periodísticos, esto es, el crítico y profesor Edward Hanslick.

Aquí, la obra encontró en la batuta de Antoni Wit un hábil kapellmeister quien afrontó con suma inteligencia una versión muy equilibrada; una lectura que fue a más, estilísticamente intachable y de color tan denso como expresivo en sí mismo. Esto último sólo encorsetado por la rácana acústica del teatro malagueño que, por otra parte, también condicionaba la necesaria expansión armónica y agógica. De tempi moderados, el director polaco destacó el contraste entre el dramatismo de los movimientos extremos y el lirismo de los centrales, enfatizando la profundidad expresiva del fraseo melódico y, particularmente, el aire rústico del ländler del ‘Scherzo’ y del primer tema del último movimiento.