José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)
Santander. Palacio de Festivales. 25 de Agosto de 2018.
George Enescu: “Prélude à l’unisson”, de
la Suite nº1 para orquesta piano nº9. Béla Bartók: Música para cuerdas, percusión y celesta. Gustav Mahler: Sinfonía nº4 en Sol mayor. Christina
Landshamer, soprano. Budapest Festival Orchestra. Ivan Fischer, director
musical. Festival Internacional de Santander.
El último
concierto del Festival de Santander ha contado con la presencia de la Budapest
Festival Orchestra junto al que ha sido su fundador y principal director desde
hace treinta y cinco años, Ivan Fischer. Como corresponde a una clausura
oficial, en la sala del Palacio de Festivales destacaba la presencia de
autoridades así como de alguna que otra cara conocida, suponemos que con
interés de disfrutar del suculento programa musical que ofrecía la velada.
El concierto funcionó en
sí mismo como un logrado crescendo en cuanto a interés y resultados
interpretativos. Algo también conseguido a nivel tímbrico, pues de partida la
obra de Enescu, su Prélude à
l’unisson, en su neoclásica factura y, como indica su propio título, su
tratamiento únicamente horizontal de la música (la única heterofónica armonía que contiene es la
resultante del arpegio), permitió de manera explícita saborear una de las
principales bazas – acaso la mayor – de la orquesta húngara: la inmensa calidad
de sus cuerdas, de color genuinamente eslavo y tan aceradas como punzantes. Si
la obra del compositor rumano puso a prueba las cualidades tímbricas del
conjunto, la de Bartok hizo lo propio con las técnicas. Y es que los pizzicati,
las polirritmias y el característico diseño antifonal de su Música para cuerdas, percusión y celesta, con
una canónica división a dos orquesras como corresponde, fueron afrontados con
tanta solvencia como musicalidad. Claro, que también estaba ahí un Iván Fischer
que defendió con atinada sobriedad la obra de Enescu como escrupulosidad y
transparencia la del húngaro.
Pero
donde realmente Fischer demostró ser un intérprete acreditado y la Budapest
Festival Orchestra un instrumento idiomático, fue con la hermosa Sinfonía nº4 aquí servida con un
acertado enfoque camerístico sin eludir un sólido preciosismo instrumental. El
director aquincense ofreció una lectura de gran personalidad, mostrando una
atención infinita a los detalles (como los repentinos sforzandi, crescendi o decrescendi en una misma frase melódica, a veces
en un mismo acorde) y un generoso apego por el portamento, aunque nunca
unilateral y siempre musical. Tras una bellísima transición hacia el Sehr behaglich, el último movimiento, a
menudo tratado como un aria añadida, aquí se constituyó por derecho como el
verdadero y lógico clímax de la obra con un tempo ligero afín a la desbordante
alegría del texto (recordemos, un canto infantil procedente de "Des Knaben
Wunderhorn"). Christina Landshamer compensó con su voz de atractivo color
y su elegante fraseo un exiguo registro grave que le impidio dotar a su parte
de un mayor calado expresivo.
Ante el entusiasmo con
el que el público recibió la interpretación mahleriana, los músicos húngaros
ofrecieron una insólita versión del Laudate
Dominun de Mozart en la que ellos mismos cantaban, con aplicada afinación y
empaste, mientras tocaban; o lo que es lo mismo, ejerciendo de coro y orquesta
a un tiempo e incorporándose la soprano solista en la parte correspondiente.
Versión acogida con comprensible vehemencia por parte de los presentes, que
redoblaron las aclamaciones.


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