José Amador Morales (artículo publicado en Codalario)
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 10 de Octubre de 2018. Juan Diego Flórez, tenor. Vincenzo Scalera, piano. Obras de Wolfgang Amadeus Mozart, Gaetano Donizetti, Giuseppe Verdi, Jules Massenet, Charles Gounod y Giacomo Puccini.
A propósito del
repertorio seleccionado, la comparación entre las piezas seleccionadas en aquél
recital del 10 de Marzo de 2005 y las del que nos ocupa, resulta un claro
exponente de la evolución de Flórez en su carrera operística. Si por aquél
entonces se presentaba como exitoso tenor rossiniano, ahora su repertorio
pretende abarcar más roles del repertorio clásico romántico hasta el punto de
ni siquiera ofrecer en esta ocasión una sola página del compositor de Pésaro.
Su voz, no en vano, lógicamente ha evolucionado con ello y sus agudos, aun
siendo impactantes, no resultan tan fáciles al tiempo que su centro presenta un
punto de más anchura. No obstante mantiene las principales cualidades vocales de
antaño, esto es, un timbre ciertamente personal y atractivo, un fraseo de
encantadora naturalidad y una técnica de calidad incuestionable. Por el
contrario, probablemente sea el relativo volumen y el escaso registro grave los
aspectos más insuficientes de su instrumento que, a la postre, le impiden
desarrollar su potencial en un repertorio más pesado. En este sentido, el
recital pareció estar planteado a modo de crescendo, esto es, de una progresiva
exigencia de mayor densidad vocal de las piezas seleccionadas.
Flórez comenzó
un Mozart de bello fraseo en “Dies Bildnis ist bezaubernd schön” de La flauta mágica,
tal vez un punto narcisista, y conveniente diferenciación entre los diversos
pasajes en la escena “Si spande al
sole in faccia” de Il re pastore, cuya entrega final
avanzó en parte lo que vendría a continuación. Porque si su “Una furtiva
lacrima” convenció por su habitual sobriedad expresiva, dejando que la mera
sensualidad del fraseo subyugara por sí sola, en la escena final de Lucia
di Lammermoor
descubrimos probablemente el mejor resultado de la evolución de Flórez estos
últimos años, con un centro más nutrido que le permitió cincelar de forma
extraordinaria el recitativo previo, un aria de alto calado expresivo que
coronó con agudo de excelente apoyo y proyección así como una dramáticamente
eficaz dosificación de los silencios finales. Tras ello, perdió algo de pie en
la escena de La traviata con un aria algo descafeinada en lo expresivo y una
cabaletta con evidente falta de empuje.
En la segunda parte, las arias de
Massenet dieron una de cal y otra de arena, pues si la contemplativa "En fermant les yeux” de Manon – al igual que la célebre “Pourquoi me réveiller” de Werther - fueron momentos ideales para
el lucimiento de su elegante y natural línea de canto, en "Ah, fuyez douce
image” acusó problemas en el pasaje y en el fiato. Seguramente entre ambos, el
aria del Faust de Gounod supuso un
equilibrado término medio vocal y expresivo. El recital fue cerrado oficial y
extraoficialmente con dos famosas páginas puccinianas: una hermosa “Che gelida
manina” de La bohème y una impactante
“Nessun dorma” de Turandot que contó
con el propio público como insólito – ¡y afinado! – coro acompañante. Al igual que otras páginas ofrecidas
durante la velada (no digamos Les vêpres
siciliennes, con esa estupenda “A toi que j'ai chérie”), el morbo canoro
aquí residió en lo inverosímil de ver a Flórez algún día cantando dichas óperas
sobre el escenario y con una orquesta sinfónica por delante al tiempo que el
disfrute de unas interpretaciones aquí apropiadas.
Entre
ambas, y para delicia de un público para entonces ya rendido a sus pies, Juan
Diego Flórez ofreció la inevitable “Ah mes amis” de La fille du règiment de Donizetti y, acompañándose a la guitarra,
sus célebres versiones de Cucurrucucú,
José Antonio, La flor de la canela y Granada.
Estupendo Vincenzo Scalera al piano quien, además de su acreditado prestigio
como acompañante de cantantes, regaló estimables versiones del Vals en Do mayor de Donizetti y la
“Meditación” de Thaïs de Massenet.



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