En honor del segundo movimiento de la sublime partitura de "La Catedral" de Agustín Barrios... Blog que recoge artículos, críticas y reseñas musicales de José Amador Morales publicados en distintos medios, principalmente en Mundoclasico.com y Codalario.com
Málaga. Teatro Cervantes. 9 de Noviembre de 2018. Dimitri Shostakovich:
Concierto para violín nº1 en la menor, op.77; Sinfonía nº5 en re menor, op.47. Robert Lakatoš, violín. Orquesta
Filarmónica de Málaga. Manuel Hernández Silva, director musical.
De espectacular podríamos calificar el
programa que la Orquesta Filarmónica de Málaga en su cuarto concierto de abono
de la presente temporada. Un monográfico Shostakovich que, a la postre, podría
ser considerado como toda una prueba de fuego para cualquier orquesta sinfónica
que se precie. Y no digamos para un director musical. Aquí Manuel Hernández
Silva puso de manifiesto, más allá de cualquier consideración más
intrínsecamente interpretativa, la paulatina pero al mismo tiempo implacable
consolidación y crecimiento del conjunto sinfónico malagueño desde que asumió
su dirección titular hace ahora cuatro años. La seguridad y concentración de
los metales, cuya prestación mejoró incluso la cita precedente a propósito de
la Sinfonía nº3 de Bruckner (ver reseña correspondiente aquí), o la precisión de las maderas son solo una muestra de ello; aún queda mucho
por hacer pues no existen los milagros, especialmente en el campo de la mera
calidad tímbrica colectiva (y particularmente de las cuerdas), pero los avances
son evidentes.
Y prueba de
ello, como hemos señalado al principio, es el concierto que comentamos. De
partida, el Concierto para violíntuvo en las
manos de Robert Lakatoš un violín sin un sonido de especial personalidad pero
de gran seguridad y compromiso expresivo. La tensión y creciente intensidad
impulsada por Hernández Silva espolearon al violinista serbio que fue a más y destacó
especialmente en los momentos más satíricos de la partitura del compositor
ruso, como la burlesque o el scherzo, así como en la impresionante cadencia
final. Lakatos remató su actuación ofreciendo una muy expresiva Balada de Eugène Ysaÿe que el público
recibió en pie.
Tras el
descanso, nada más y nada menos que la Sinfonía
nº5 de Shostakovich aguardaba en los atriles. Aún recordamos con agrado la admirable
interpretación que el mismo Hernández Silva regalara hace dos veranos en el
Festival de Música y Danza de Granada al frente de la Orquesta Joven de
Andalucía (ver reseña correspondiente aquí).
En la ocasión que nos ocupa, más allá de lo compacto de la propuesta sonora,
de la contundencia intrínseca de la mera ejecución o del férreo control por
parte de la batuta, nos cautivó la inmensa sobriedad del concepto de Hernández
Silva, por otra parte musicalísimo y expresivo más allá de toda tentación megalomaníaca
y, por ende, efectista. Una sinfonía desgranada de un solo trazo, con una
concentración extraordinaria por parte de los músicos de la Filarmónica de
Malaga, también en sus numerosas exigencias solistas. Y una lectura que también
será recordada por su idiomatismo y por un mágico equilibrio entre lo
caricaturesco, lo danzable, lo lírico y lo abiertamente lacerante.
José Amador Morales (artículo publicado en Codalario)
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 29 de Noviembre de 2018.
Gustav Mahler:
Sinfonía nº7 en mi menor, transcripción
de Alfredo Casella para dos pianos. Oscar Martín y Pedro Halffter, pianos.
Una
insólita e interesantísima programación de la transcripción para dos pianos que
Alfredo Casella (1883-1946) hiciera de la Sinfonía
nº7 de Mahler y publicara en 1910, apenas dos años después del estreno en
Praga de la misma (y cinco desde su creación) con la aquiescencia del
compositor austríaco, ha sido programada por el sevillano Teatro de la
Maestranza dentro del ciclo “Música degenerada” dentro del cual hemos ya
comentado alguna que otra cita (ver crítica aquí) y que culmina con la puesta en escena de las óperas Der Diktator de Ernst Krenek y Der
kaiser von Atlantis del malogrado Viktor Ullmann en el coliseo sevillano. Aunque
Gustav Mahler no sufrió en carne propia la persecución nazi, sí fue señalado
por su condición de judío y, desde luego, debido a ello su obra fue catalogada
como “Entartete Musik”.
La fantástica
adaptación de Alfredo Casella, justamente aplaudida por el propio Mahler,
consigue focalizar los ejes temáticos y ambientales de la obra en una suerte de
musical frasco de las esencias. En este sentido, por citar un ejemplo
significativo, resulta sumamente interesante apreciar aquí las referencias a La viuda alegre de Lehar o Los maestros cantores de Nurenberg de
Wagner así como las parodias de valses y polcas contenidas en el último
movimiento, aún más perceptibles en este trabajo del pianista, director y
compositor turinés. En este formato la obra de Mahler, pese a su simetría
estructural intrínseca, parece progresar de forma más lineal hacia el clímax
del Rondo-Finale; progresión que también, subjetivamente, desarrolla el oyente
al desasirse del recuerdo del tejido tímbrico orquestal de la obra original de
Mahler, por otra parte tan apabullante como consustancial a la misma.
A nivel interpretativo, Óscar
Martín y Pedro Halffter fueron los encargados de acometer esta monumental obra
(la de Mahler y por extensión la traducción de Casella), ofreciendo una versión
contundente en la que mostraron una indiscutible química. Algo que, por el
contrario, no ocultó sendas personalidades artísticas evidentes incluso a nivel
gestual y postural; antes al contrario, las proyectó. Así, la parte más
idiomática, pianística, tuvo en el pianista sevillano un eficaz y brillante
intérprete. Por su parte, el músico madrileño lideraba el soporte armónico y la
interpretación más “orquestal” desde el instrumento, ayudándose a menudo con la
mano derecha para dirigir..
Como sorpresivo cierre, pues
seguramente nadie lo esperaba tras una obra de este calibre, Halffter se
dirigió a los presentes para presentar una emotiva versión a cuatro manos de la
Passacaglia y fuga BWV.582 de Bach.
Lo hizo con un hilo de voz y numerosas interrupciones, visiblemente conmovido:
era la pieza que tenía su madre en el piano tras su reciente fallecimiento. Un
cierre inolvidable y una honesta despedida – la de Halffter – como director
artístico del Teatro de la Maestranza tras catorce años en un cargo cuyo
contrato finalizaba al día siguiente de este concierto.
José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 8 de Noviembre de 2018. Serguei Rachmaninov:
Concierto para piano nº 1 en fa sostenido menor, Op. 1. Maurice Ravel: Don Quijote a Dulcinea. Manuel de Falla:
El retablo de Maese Pedro.Hiroo Sato, piano. Josep Miquel Ramón,
barítono. Pablo García López, tenor. Ruth Rosique, soprano. Real Orquesta Sinfónica
de Sevilla. Andrés Salado, director musical.
El Concierto
para piano nº1 de Rachmaninov no ofrece
la inspiración y profundidad que sí advertimos en obras posteriores del
compositor para el mismo formato. Sin embargo, probablemente ahí radica su
interés, esto es, en atisbar su temprana apuesta por las raíces eslavas, por su
trasfondo decididamente romántico y por determinados rasgos técnicos (esas poderosas
octavas, las progresiones armónicas, el tratamiento del piano en las
melodías orquestales…).
Mucho de ello pudimos comprobar en el tercer concierto
de la temporada de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, cuya primera parte
consistió en una sólida lectura de esta obra de Rachmaninov por parte de Hiroo
Sato con dirección de Andrés Salado. El ganador del primer premio del Concurso
Internacional de Música María Canals hace dos años, pese a un inicio con un
sentido del ritmo y del color algo mecánicos y tal vez demasiado pendiente del
director, fue convenciendo paulatinamente hasta ofrecer su mejor perfil en unas
cadencias de gran fantasía interpretativa. Del mismo modo, se superó a sí mismo
en una imponente versión del Preludio
op.3 nº2, también de Rachmaninov, rica en matices dinámicos y con sabio manejo
del pedal.
La segunda parte estuvo consagrada a sendas obras vocales
en torno al Don Quijote cervantino. En primer lugar, las tres canciones que
conforman el Don Quijote y Dulcinea de
Ravel, tuvieron en Josep Miquel Ramón un intérprete esforzado pero en las
antípodas de las sutilezas expresivas que requiere su parte y con serias
dificultades técnicas en un instrumento con demasiadas resonancias nasales y a
menudo calante. Un punto mejor, por pura afinidad idiomática aunque igualmente
comprometido, se mostró en el rol de Don Quijote del aquí estupendo El retablo de Maese Pedro de Falla, sin
duda lo mejor de la noche. La atinada y preciosista dirección de Salado y la
entrega de unos músicos visiblemente entregados hicieron disfrutar no poco con
los maravillosos hallazgos tímbricos del compositor gaditano. Por su parte,
Pablo García López volvió a encarnar un fantástico Maese Pedro que domina como
pocos y Ruth Rosique, cuyo volumen vocal sucumbió un tanto en el tramo final,
resultó un competente Trujamán. Un último apunte: sería muy interesante que en
futuras ocasiones se brinde la posibilidad de seguir el texto de este tipo de
obras vocales (en este caso las de Ravel y Falla), con el mismo sistema que sí
se ofrece en las óperas del mismo teatro sevillano.
José Amador
Morales (artículo publicado en Codalario)
Sevilla.
Espacio Joaquín Turina. 24 de Noviembre de 2018. “Seven Deadly Sins”. Georg
Friedrich Haendel: arias y oberturas de Belshazzar,
Ariodante, Semele, L’Allegro, il Penseroso ed il Moderato, Hercules, Lotario,
Theodora, Rodelinda, Tamerlano, Alcina, Flavio y Poro. Juan Sancho, tenor. Capella Cracoviensis. Robert
Bachara, concertino y director musical.
“Cuando en 1745 el londinense William Hogarth se pintó
junto a Trump (su perro) en su célebre autorretrato tomó como referencia el no
menos célebre autorretrato de Murillo que hoy puede admirarse en la National
Gallery. El cuadro ya se encontraba en Bruselas a la muerte del pintor y fue
importado a Inglaterra en las primeras décadas del siglo XVIII, como
avanzadilla de la influencia de Murillo en la pintura inglesa de ese siglo.
Pese a no salir el pintor prácticamente de Sevilla, la obra de Murillo
disfrutó, incluso ya en vida de este, de una importante difusión fuera de
España, y en las décadas siguientes a su fallecimiento artistas de ciudades tan
distantes como Londres se vieron muy influidos por su obra: no solo Hogarth,
sino también Gainsborough o Joshua Reynolds en sus escenas de género lo tomaron
como modelo. Londres, hoy tal vez la ciudad no española con más cuadros de
Murillo, había ya tomado por entonces el relevo de Sevilla como gran puerto
comercial de Occidente. Su potente burguesía y su no menos influyente nobleza
eran caldo de cultivo de un ambiente curioso, cosmopolita e ilustrado, de
enorme poder intelectual y creativo, que dio entonces al mundo algunas de las
más importantes instituciones intelectuales aún hoy vigentes. Ese Londres
disfrutó de la madurez creativa de Haendel. Allí había dirigido sus pasos en
1710, aún joven pero ya experto violinista, clavecinista, organista y
compositor, tras sucesivas etapas de aprendizaje”. Así comenzaba el interesante
artículo del programa de mano del concierto que nos ocupa, firmado por Pablo
Vayón.
Y es que se trataba de una nueva cita de La Europa de Murillo, ciclo concertístico que viene desarrollándose
en el Espacio Joaquín Turina dedicado al ambiente, en este caso musical, en el
que se desarrolló la obra del célebre pintor hispalense de cuyo nacimiento se
cumple este año cuatro siglos.
En esta ocasión, bajo el título “Seven Deadly Sins” (los
siete pecados capitales) la excelente Capella Cracoviensis y el tenor Juan
Sancho ofrecieron una contundente y nutrida selección de arias y fragmentos
orquestales de Haendel agrupados en torno dicho contenido (con alguna pieza de
encaje algo forzado dentro de la coherencia general del planteamiento): gula (Belshazzar), lujuria, (Ariodante, Semele), pereza (L’Allegro, il Penseroso ed il Moderato), avaricia
(Hercules, Lotario), envidia (Theodora, Rodelinda), soberbia (Tamerlano) e ira (Alcina, Flavio) así como una suerte de epílogo temático en torno a
la condenación y la redención. Una selección que se proponía con la finalidad
evidente de poner musicalmente de manifiesto las distintas pasiones o emociones
humanas sistematizadas a la manera barroca en lo que viene siendo comúnmente
conocido como la doctrina de los afectos.
En definitiva, una contundente propuesta con música
indiscutiblemente hermosa y servida con ostensible calidad. La Capella
Cracoviensis estuvo a la altura de la fama internacional que ha cosechado estos
últimos años, ofreciendo una gran riqueza de colores sonoros, intensidad
dramática y brío sabiamente ajustados al contenido dramático de cada pieza en
cuestión. Juan Sancho fue el encargado de acometer este tremendo tour de force vocal y salió airoso
gracias a su enorme solvencia y adecuación estilística. Lógicamente su voz
resultó un tanto liviana para partes de peso dramático como las procedentes del
Tamerlano y, a nivel expresivo, no
siempre supo distinguir entre afecto o efecto, algo hasta cierto punto
comprensible en un programa tan denso y dispar. No obstante, como agradecimiento ante los
aplausos del público, el tenor sevillano regaló lo que probablemente fue el mejor
momento de la noche, por adecuación canora y sobriedad expresiva, con la
interpretación de la bellísima aria “Total eclipse!
No sun, no moon!” procedente del Samson
asimismo de Haendel.
José Amador Morales (artículo publicado en Codalario)
Teatro Cervantes de Málaga. 23 de Noviembre de 2018. Giuseppe
Verdi: La traviata. Opera en tres
actos con libreto de Francesco Maria Piave. Ainhoa Arteta (Violeta), Antonio
Gandía (Alfredo), Juan Jesús Rodríguez (Giorgio Germont), Mónica Campaña
(Flora), Alba Chantar (Annina), Luis Pacetti (Gastone), José Manuel Díaz
(Douphol), Isaac Galán (D’Obigny), Francisco Tójar (Dottore Grenvil), Elías
Gallego (Giuseppe), Juan Antonio Blanco (Un mensajero), José Juan Guzmán (Un
sirviente). Coro de Ópera de Málaga (Salvador Vázquez, director del coro). Orquesta
Filarmónica de Málaga. José María Moreno, director musical. Francisco López,
director de escena. Producción del Teatro Villamarta de Jerez.
El Teatro Cervantes de Málaga ha apostado por
una temporada lírica íntegramente verdiana, toda vez que está compuesta por
puestas en escena de La traviata, Aida y
Otello. Si en el caso de este último
título asistiremos al esperado debut de Jorge de León en el rol protagónico
(acompañado por Carlos Álvarez como indiscutible gloria local), en la que nos
ocupa Ainhoa Arteta ha dicho adiós a un papel como Violetta Valery que ha
prodigado desde los inicios de su carrera, si bien llevaba quince años sin
abordarlo.
Ha sido la tercera vez en dos
décadas que quien esto suscribe ha presenciado La traviata protagonizada por la soprano vasca y, sin duda, la más
interesante (aún desde el convencimiento de que es una sabia decisión retirar
este rol de su carrera). Lejos de las lecturas primerizas y epidérmicas así
como de aquellos aires de diva advenediza, Arteta ha madurado enormemente en lo
artístico y en lo vocal, manteniendo al mismo tiempo la gran presencia escénica
y la elegancia de siempre. Ahora, nada más salir a escena el personaje aparece
en todo su esplendor y es Violetta,
no tanto Arteta cantando Violetta. La voz sigue siendo hermosa, esmaltada y con
gran presencia aunque a veces no llegue a controlar del todo ese creciente
vibrato y haya algún que otro ataque con la glotis no muy afortunado.
Evidentemente el final del primer acto le plantea evidentes aprietos pero aquí,
sin llegar a estar cómoda, salió bastante airosa, afrontándolo con inteligencia
y sin comprometer en ningún momento su excelente musicalidad. Ya en el recitativo
de “Ah, fors'è lui” ofreció frases de gran calado expresivo y que revelaban el
grado de introspección al que ha llegado Arteta con este personaje. Algo que
lógicamente fue a más en los siguientes actos y que de alguna manera cuajó en
un “Addio del passato” recibido con grandes aclamaciones y en el que mostró un
fraseo de muy buen gusto.
A su lado, Antonio Gandía compuso
un bastante desdibujado Alfredo Germont para el que a priori parecía tener las
cualidades ideales, sucumbiendo con una línea de canto superficial y una
caracterización vacía en todos los sentidos, que ni siquiera logró levantar el
vuelo en su aria y cabaletta o en la escena de la casa de Flora. No fue el caso
de Juan Jesús Rodríguez, quien cosechó el mayor éxito que le haya visto quien
firma. No en vano, su Giorgio Germont se ajustó como un guante a sus cualidades
vocales, esto es, voz de entidad, timbre atractivo y entrega a raudales, a
despecho de esa resonancia nasal y engolada en el registro agudo cuando era
atacado desde abajo. El público malagueño se rindió ante la actuación del
barítono de Cartaya.
Muy bien el resto del reparto así
como el Coro de Ópera de Málaga, si bien le hemos escuchado en mejores
prestaciones, algo extensible a la siempre solvente y comprometida Orquesta Filarmónica
de Málaga. José María Moreno dirigió con corrección, atención a los cantantes y
un mínimo sentido dramático. Aunque hubo demasiados sonidos romos, sus tempi
proporcionaron acertadas fluidez y progresión de la acción.
La conocida producción de Francisco
López (muy aplaudido cuando salió a saludar) para el Teatro Villamarta de Jerez
era una apuesta segura, habida cuenta de su solvencia dramática, aceptación por
parte del público y respeto hacia la obra verdiana. A lo que deberíamos añadir
que ya era conocida y valorada por Ainhoa Arteta por su participación en
anteriores puestas en escena de la misma, según afirmó la soprano en rueda de
prensa.
José Amador Morales (artículo publicado en Codalario)
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 20 de Noviembre de 2018.
Paul Hindemith:
Sonata para flauta y piano; Béla
Bartok: Suite Paysanne Hongroise (transcripción
de Paul Arma); Viktor Ullmann: Klaviersonate
nº6, op.49; Olivier Messiaen: Le
Merle Noir; Bohuslav Martinú: Sonata
para flauta y piano. Juan Ronda (flauta), Auxiliadora Gil (piano).
La
“Música degenerada” o Entartete Musik, fue la etiqueta con la que los nazis
catalogaron la música modernista, el jazz o, singularmente, la creada por
compositores judíos. La Entartete Musik fue considerada una música decadente,
contraria a la “virtud alemana” y, por lo tanto, prohibida...
El ciclo que el
Teatro de la Maestranza ha programado en torno a la “música degenerada” y que
tendrá su colofón con las funciones de las óperas El dictador de Ernst Krenek y El
emperador de la Atlántida de Viktor Ullmann, la primera de ellas estreno en
España, tuvo una atractiva cita camerística con el concierto que comentamos.
Para ello se contó con el protagonismo de Juan Ronda, flauta solista de la Real
Orquesta Sinfónica de Sevilla, y Auxiliadora Gil, profesora titular de piano en
el Conservatorio Superior de Música Manuel Castillo de Sevilla, quienes
desgranaron este interesante programa degenerado.
En el
mismo destacaron las obras de compositores a priori más afamados como el caso
de la compacta sonata de Hindemith (compuesta bajo la presión nazi pero
estrenada ya en su exilio estadounidense) y, especialmente, la excelente
versión que Paul Arma hizo para flauta y piano de las célebres Quince canciones campesinas húngaras de
su maestro Bartok como homenaje póstumo, de indudable brillantez y encanto, o La Merle Noir de Messiaen, breve pero
exponente del preciosismo e indiscutible personalidad del compositor francés.
Tal vez hubiese sido más conveniente situar precisamente estas obras en la
segunda parte (sólo la de Messiaen lo estaba) por aquello del interés
creciente. Dicho sea esto sin desmerecer los valores intrínsecos – y aquí
también histórico-artísticos – de las obras de Martinú o la pieza para piano
solo del malogrado Viktor Ullmann, el único de los compositores aquí convocados
que no murió en el exilio sino en el campo de concentración de Auschwitz.
Las
lecturas ofrecidas por el dúo de flauta y piano formado por Juan Ronda y
Auxiliadora Gil mostraron una gran profesionalidad y entrega, siendo aclamados
con generosidad por el nutrido grupo asistente que casi completó el aforo de la
coqueta Sala Manuel García del Teatro de la Maestranza.
José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)
Málaga. Teatro Cervantes. 26 de Octubre de 2018. Franz
Schubert: Sinfonía nº3 en Re mayor,
D.200. Anton
Bruckner: Sinfonía nº3 en Re
menor, Op.74 (versión 1889).
Orquesta Filarmónica de Málaga. Antoni Wit, director musical.
Si
hay un compositor clave en la trayectoria de Anton Bruckner ese es sin duda
Franz Schubert. Más allá de la mera admiración de partida, de la influencia a
nivel formativo o de las evidentes concomitancias socioculturales, Schubert
supone para el organista de San Florián su pilar romántico indiscutible (más
robusto aquí que un Beethoven cuyo impacto en Bruckner es más a nivel formal
que de fondo) equivalente al de Bach a nivel contrapuntístico y de desarrollo
compositivo.
De
ahí que sea todo un acierto el hecho convocar a ambos compositores austríacos
en un mismo programa de concierto, en este caso con sus respectivas terceras
sinfonías (recordemos, en el caso de Bruckner, sus dos primeros esbozos
sinfónicos, ninguneados por el propio autor, que se suelen clasificar como
sinfonías 0 y 00). Evidentemente la liviana Sinfonía nº3 de Schubert carece de
la robustez y musculatura orquestal, si se nos permite la expresión, de la
Sinfonía “Wagner” de Bruckner, pero en la velada que comentamos supuso un muy
acertado punto de partida estético y expresivo para adentrarnos en el meollo de
sus fascinantes recovecos y claroscuros. También para un adecuado “engrase”
instrumental e interpretativo de una eficaz Filarmónica de Málaga. Al frente,
un segurísimo Antoni Wit de arcadas tan imponentes como directas, al que tal
vez le sobró un punto de grosor en el pesante sonido (sin duda más en sintonía
con lo que vendría después) y en unas texturas que aún deben mucho a Haydn y
Mozart.
La
dedicatoria de la Sinfonía nº3 a Wagner le valió al bueno de Anton Bruckner,
prácticamente sin comerlo ni beberlo, el encabezar la lista de la facción
prowagneriana de Viena que automáticamente blandió la bandera de su música
frente a la de Brahms, quien acaparaba los mayores éxitos en aquél momento
seguramente por su perfil musical conservador y políticamente correcto. Y por
supuesto ello le valió el rechazo, bien que algo más amable, del que fuera
principal detractor de Richard Wagner en los medios periodísticos, esto es, el
crítico y profesor Edward Hanslick.
Aquí,
la obra encontró en la batuta de Antoni Wit un hábil kapellmeister quien
afrontó con suma inteligencia una versión muy equilibrada; una lectura que fue
a más, estilísticamente intachable y de color tan denso como expresivo en sí
mismo. Esto último sólo encorsetado por la rácana acústica del teatro malagueño
que, por otra parte, también condicionaba la necesaria expansión armónica y
agógica. De tempi moderados, el director polaco destacó el contraste entre el
dramatismo de los movimientos extremos y el lirismo de los centrales,
enfatizando la profundidad expresiva del fraseo melódico y, particularmente, el
aire rústico del ländler del ‘Scherzo’ y del primer tema del último movimiento.
José Amador Morales (artículo publicado en Codalario)
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 31 de Octubre de 2018. Tomás Marco: Tenorio. Alfredo García (Tenorio), Nuria
García-Arrés (Doña Inés), Manuel de Diego (La Narración/Don Luis Mejía), Susana
Casas (Madrigal/Lucía/Doña Ana), Mercedes López Rodríguez (Madrigal), Moisés
Molina de Mera (Madrigal), Andrés Pérez Merino (Madrigal). Tenorio Ensemble
Orquesta. Manuel Busto, dirección musical.
Intercalada de manera un tanto forzada entre
las funciones de la Lucia di Lammermoor donizettiana
(ya comentada en Codalario), el Teatro de la Maestranza ha presentado esta
versión en concierto de Tenorio, la
ópera de cámara que compusiera Tomás Marco entre 2008 y 2009 para el Estío
Musical Burgalés y que, sin embargo, no fue estrenada hasta el pasado año en el
Festival de Verano de San Lorenzo de El Escorial.
Creada en torno al mito de Don
Juan, la obra es más una sucesión de reflexiones intelectuales en torno a la
idea del mito, que un desarrollo dramático y teatral de la historia a la manera
tradicional; probablemente ahí radique su principal interés y también su mayor
dificultad a la hora de conectar con el público. Este Tenorio sigue la idea de Zorrilla aunque aderezada con aportaciones
de Tirso, de Da Ponte, de Molière, Sor Juana Inés de la Cruz o Quevedo. Según
el propio compositor, “es una especie de compendio de cómo está hoy por hoy el
mito: no termina ni con la salvación ni con la condenación del personaje sino
con la transformación de Don Juan en mito (…) En realidad, aunque Zorrilla lo
salva y los demás lo condenan, el mito ni se salva ni se condena;
sencillamente, entra en nuestro inconsciente colectivo y formula diversos
interrogantes sobre el amor. En definitiva, sugiero una fábula y una reflexión
basándome en las peripecias del Don Juan de Zorrilla".
La composición requiere un
pequeño conjunto instrumental (en el concierto que comentamos compuesto por una
flauta, clarinete, fagot, trombón, tres violines, dos violas, dos violonchelos,
contrabajo y dos percusionistas), una soprano, un tenor y un barítono así como
un cuarteto vocal (con función de comentarista de la acción al estilo del coro
griego y de recreación de personajes secundarios).
Musicalmente, en esta lectura
sevillana destacaron los cuantiosos hallazgos tímbricos, con momentos realmente
hermosos (particularmente los interludios, el dúo de Doña Inés y Tenorio o la
escena final) y polirítmicos, así como la fácil comprensión del texto, sello
indiscutible de la obra vocal de Tomás Marco.
No obstante, la pretendida y
continua diversidad sonora, con células expuestas “en potencia” que dan paso
sucesivamente a otras en búsqueda de nuevos materiales auditivos, termina
saturando al espectador; como el continuo y melódicamente limitado recitativo
acaba deviniendo en monotonía expresiva. Por otra parte, a nivel estructural,
hay cierta sensación de desorden en las escenas que, a la postre, acaba por
perder al espectador que pretende seguir el argumento (algo evidentemente más
complejo tratándose de una versión de concierto: aquí las idas y venidas de los
cantantes, cambiando continuamente de atril, crearon más confusión que otra
cosa).
El Tenorio Ensemble Orquesta al
frente del sensacional trabajo del prometedor Manuel del Busto, desgranó las
excelencias instrumentales de la partitura. A nivel vocal, el reparto formado
por Alfredo García como Tenorio, Nuria García-Arréscomo Doña Inés y Manuel de Diego como
narrador y Luis Mejía cumplió con corrección y profesionalidad, al igual que
los “madrigalistas” procedentes del coro del teatro sevillano.
José Amador Morales (artículo publicado en Codalario)
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 29 de Octubre de 2018. Gaetano Donizetti:
Lucia di Lammermoor. Leonor Bonilla
(Lucia), Josep Bros (Edgardo), Vitaliy Bilyy (Enrico), Mirco Palazzi (Raimondo),
Manuel de Diego (Arturo), María José Suárez (Alisa), Gerardo López (Normanno).
Coro de la Asociación Amigos del Teatro de la Maestranza (Iñigo Sampil,
director del coro). Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Renato Balsadonna,
dirección musical. Filippo Sanjust, dirección escénica. Producción de la
Deutsche Oper Berlin.
El comienzo de la presente temporada lírica
del Teatro de la Maestranza (excepción hecha del recital de Juan Diego Flórez
apenas tres semanas antes, bien que con cargo a una entidad privada), ha vuelto
a traer uno de los títulos belcantistas por excelencia de todo el repertorio.
No en vano esta Lucia di Lammermoor hace
acto de presencia en lo que es su tercera producción en la historia del coliseo
sevillano (recordemos, inaugurado en 1991). A las protagonizadas por Kathleen
Cassello y Alfredo Kraus en 1997 (una de las últimas actuaciones del
inolvidable tenor canario en una ópera completa) y por Mariola Cantarero y Stephen
Costello en 2012, ha sucedido la que ahora comentamos con Leonor Bonilla yJosep Bros.
La añeja
producción de la Deutsche Oper Berlin que ideara Filipppo Santjust hace cuatro
décadas ha sido dirigida en esta ocasión por Gerlinde Pelkowski. Desde luego,
contemplada a día de hoy posee un inevitable aire naif, retro (o vintage como ahora está de moda decir
ahora) y nos traslada a aquellas propuestas escénicas en las que el objetivo
principal no era desenterrar ninguna pretendida intrahistoria, oculta ideología
o sesudos símbolos erótico-antropológicos tras el argumento principal; eso sí,
abunda el atrezzo de cartón-piedra, la iluminación de candilejas al borde del
escenario y abundante pintura hiperromántica, destacando la del bello telón
permanente. Al margen de ello, aquí rozó lo grotesco el carnavalesco vestuario
de función de fin de curso y, especialmente, la anodina dirección de actores.
Sobre
esto destacó la dirección musical de Renato Balsadonna quien acertó con una
presencia orquestal imponente, rescatando el protagonismo que la orquesta posee
en esta partitura (contra lo que parece ser la moda de un sonido orquestal
anodino y expresivamente insípido en el repertorio belcantista en general y de
Donizetti en particular) e imprimiendo a la Sinfónica de Sevilla (también al
coro) una intensidad y tensión realmente convenientes. Tal vez algunos efectos
agógicos, como los puntuales rallentandi,
casi siempre en las cadencias conclusivas, no siempre resultaron musicales.
Esperábamos
con extremado interés el debut de Leonor Bonilla como Lucia en lo que ha sido
su primer rol protagónico en el escenario lírico de su ciudad. Desde luego los
que hemos seguido sus actuaciones nacionales durante los últimos tres años,
hemos venido comprobando que la soprano sevillana poseía un talento canoro y
una capacidad para sorprender evidente incluso desde la humildad de roles como
los “pastores” en la Tosca pucciniana
(Sevilla, Jerez), la Giannetta de L’elsir
d’amore (Sevilla), la soprano solista de los Carmina Burana (Sevilla) o – ya palabras mayores – la fantástica Marina de Arrieta que ofreció en el
Teatro de la Zarzuela o la Condesa de Folleville de Il viaggio a Reims del Liceo barcelonés. No obstante, al abordar
esta Lucia di Lammermoor donizettiana
se sometía a toda una prueba de fuego pues aquí su parte ofrece dificultades
por doquier a la hora de una interpretación mínimamente plausible tanto a nivel
meramente vocal como expresivo y escénico. Por no hablar del omnipresente e
inevitable riesgo de agravio comparativo con respecto a tantas y tantas
insignes predecesoras que lo han abordado.
Pues
bien, Leonor Bonilla ha superado con creces todas las expectativas con esta Lucia a todas luces sobresaliente.
Ciertamente estaban ahí la materia prima, con ese timbre bellísimo al tiempo
que personal, y la imponente técnica; pero sobre todo ello ha destacado la
enorme inteligencia con la que ha sabido poner todo ello al servicio de una
interpretación de gran altura y estilísticamente incuestionable. La exquisita
línea de canto, los filados y reguladores distribuidos con tanta generosidad
como eficacia, la contundente proyección de la voz así como los robustos y
segurísimos sobreagudos fueron sólo algunas de sus armas canoras. La zona
grave, sabiamente trabajada y no sobrecargada, resultó suficiente al igual que
el impacto expresivo de su recreación, si bien – y esto es aún más interesante
– todavía tiene margen de desarrollo en futuras aproximaciones. Esto último
también es aplicable a su actuación sobre el escenario, gestualmente algo
recargada (debería de trabajar aquello de que menos es más) si bien la escena
de la locura fue particularmente lograda en este sentido. Inolvidable aquí la
sección final junto a la flauta solista, rematada con un espectacular y squillantissimo mi bemol (tampoco fue
nada baladí el que coronó “Spargi d’amaro pianto” mientras caía desvanecida en
un giro sobre sí misma). No es de extrañar que en su inmediata salida posterior
a telón bajado, el público sevillano la recibiera con el ineludible delirium tremens.
También
fue muy aplaudido Josep Bros quien ha hecho de Edgardo una de las referencias
indudables de su fantástica carrera (quien esto suscribe ha tenido la ocasión
de escucharlo en dicho rol hasta en cuatro ocasiones). A despecho de un
material no especialmente contundente de partida, el tenor catalán sigue
dotando al personaje de un fraseo de muchos quilates, una elegancia en absoluto
afectada y, en definitiva, de buen gusto interpretativo. A ello suma ahora,
gracias al progresivo ensanche de su registro central, una impresionante
introspección expresiva que ha tenido su contrapartida en un agudo duro,
tremolante y forzado.
Si
Vitaliy Bilyy compuso un Enrico de excelente entrega y presencia vocal, con
sorprendente facilidad en la zona aguda, su rudísima línea de canto así como la
incomprensible dicción le situaron fuera de órbita estilística. Más bien
sucedió al contrario con el Raimondo de Mirco Palazzi, de noble e idiomático
fraseo al que le faltó una voz con un punto de mayor proyección y entidad.
Fantásticos Manuel de Diego como Arturo y Gerardo López como Normanno.
Córdoba. Teatro Góngora. 29 de Septiembre de 2018. Aaron Copland: Fanfarria para el hombre común. Anton
Dvorak: Danza eslava nº1 en Do Mayor, op.46.
Joaquín Turina: La oración del torero, op.34.
Johann Sebastian Bach: “Mache dich, mein Herze rein” de La Pasión según san Mateo. Joaquín Valverdeç. ¡Viva Córdoba!, intermezzo. Eduardo Toldrá: “Vistas al mar”, de La Ginesta. Piotr Ilich Tchaikovsky: Romeo y Julieta, obertura-fantasía. Javier
Povedano, barítono. Orquesta de Córdoba. Director: Carlos Domínguez-Nieto.
El flamante nuevo director titular
de la Orquesta de Córdoba, Carlos Domínguez-Nieto, parece haber aterrizado en
la ciudad de la Mezquita con un buen pan – musical - debajo del
brazo. Desde luego hay tres elementos que así parecen confirmarlo: el peso específico
de su importante curriculum, el diseño de la nueva temporada y el impacto del
concierto de presentación que nos ocupa.
Nacido
en Madrid en 1972 y titulado en piano, violoncello, composición y dirección de
orquesta, Carlos Domínguez-Nieto ha desarrollado una carrera de más de veinte
años fundamentalmente entorno a Alemania. Así pues, ha ostentado la titularidad
de la Ópera de Cámara de Múnich y, durante más de seis años, el cargo de generalmusikdirektor del Teatro de Ópera
de Eisenach, la ciudad natal de Johann Sebastian Bach. En el país teutón ha
dirigido además la Staatskapelle Halle, la Filarmónica de Múnich, Orquesta Sinfónica de Nürnberg y Hof, Orquesta
Sinfónica de Múnich, la Orquesta de la Radio de Múnich, la Orquesta Sinfónica
de la Radio de Colonia, etc… También ha dirigido la Orquesta Filarmónica de
Varsovia, la Orquesta Sinfónica de Hungría, la Orquesta de la Ópera Nacional de
Hungría y la Orquesta Metropolitana de Lisboa, y en nuestro país la Orquesta de
Radio Televisión Española, la Orquesta Sinfónica de Navarra, la Orquesta de
Castilla y León, las Orquestas Filarmónicas de Gran Canaria y Málaga, la
Filharmonia de Galicia, entre otras muchas.
Elegido
entre sesenta y dos candidaturas, el director madrileño se presentó como nuevo
titular de la orquesta cordobesa con un concierto acorde con la situación, esto
es, para todos los públicos y a medio camino entre lo amable y lo atractivo.
Presentando él mismo cada una de las piezas seleccionadas, entre las que no
faltaron guiños a la música española y a grandes nombres como Bach o
Tchaikovsky, con sus introducciones ofreció al mismo tiempo aspectos
interesantes tanto de su propia personalidad musical así como avances de esta
nueva temporada de la Orquesta de Córdoba, demostrando una evidente cercanía y
empatía con el público. Musicalmente la velada se desarrolló sin descanso pero
también sin caídas de interés, obteniendo una entrega y un sonido bastante
importante por parte del conjunto sinfónico cordobés cuyos músicos se mostraron
especialmente motivados y a la altura de las circunstancias. Si en La oración del torero de Turina donde
percibimos esa calidad tímbrica, el cierre con la obertura Romeo y Julieta de Tchaikovsky devino a un tiempo como clímax
expresivo del concierto y como prometedor aperitivo musical de lo que Carlos
Domínguez-Nieto puede dar de sí en Córdoba.
Por
lo pronto la nueva temporada es hermosa como pocas y muy adecuada al cordobés,
con obras de gran repertorio pocas veces (o ninguna) escuchadas en la ciudad (La consagración de la primavera, Sinfonía
nº4 de Bruckner, La Pasión según San Mateo, El retablo de maese Pedro…)
junto a música contemporánea y española (el “rescate” de la zarzuela Viva Córdoba cuyo intermezzo fue
interpretado en este concierto de presentación con enorme éxito) así como con
directores invitados como Juanjo Mena o el esperado regreso del que fuera también
titular de la Orquesta de Córdoba, Manuel Hernández-Silva.
José Amador
Morales (artículo publicado en Codalario)
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 10 de Octubre de 2018. Juan
Diego Flórez, tenor. Vincenzo Scalera, piano. Obras de Wolfgang Amadeus Mozart,
Gaetano Donizetti, Giuseppe Verdi, Jules Massenet, Charles Gounod y Giacomo
Puccini.
Regresó Juan
Diego Flórez a Sevilla trece años después de su última visita
(y veinte desde su aparición en Alahor in Granata de Donizetti) saliendo,
como entonces, triunfador de una velada en la que conquistó nuevamente al
público sevillano en base a su comunicatividad y a un programa sin concesiones
y completísimo.
A propósito del
repertorio seleccionado, la comparación entre las piezas seleccionadas en aquél
recital del 10 de Marzo de 2005 y las del que nos ocupa, resulta un claro
exponente de la evolución de Flórez en su carrera operística. Si por aquél
entonces se presentaba como exitoso tenor rossiniano, ahora su repertorio
pretende abarcar más roles del repertorio clásico romántico hasta el punto de
ni siquiera ofrecer en esta ocasión una sola página del compositor de Pésaro.
Su voz, no en vano, lógicamente ha evolucionado con ello y sus agudos, aun
siendo impactantes, no resultan tan fáciles al tiempo que su centro presenta un
punto de más anchura. No obstante mantiene las principales cualidades vocales de
antaño, esto es, un timbre ciertamente personal y atractivo, un fraseo de
encantadora naturalidad y una técnica de calidad incuestionable. Por el
contrario, probablemente sea el relativo volumen y el escaso registro grave los
aspectos más insuficientes de su instrumento que, a la postre, le impiden
desarrollar su potencial en un repertorio más pesado. En este sentido, el
recital pareció estar planteado a modo de crescendo, esto es, de una progresiva
exigencia de mayor densidad vocal de las piezas seleccionadas.
Flórez comenzó
un Mozart de bello fraseo en “Dies Bildnis ist bezaubernd schön” de La flauta mágica,
tal vez un punto narcisista, y conveniente diferenciación entre los diversos
pasajes en la escena “Si spande al
sole in faccia” de Il re pastore, cuya entrega final
avanzó en parte lo que vendría a continuación. Porque si su “Una furtiva
lacrima” convenció por su habitual sobriedad expresiva, dejando que la mera
sensualidad del fraseo subyugara por sí sola, en la escena final de Lucia
di Lammermoor
descubrimos probablemente el mejor resultado de la evolución de Flórez estos
últimos años, con un centro más nutrido que le permitió cincelar de forma
extraordinaria el recitativo previo, un aria de alto calado expresivo que
coronó con agudo de excelente apoyo y proyección así como una dramáticamente
eficaz dosificación de los silencios finales. Tras ello, perdió algo de pie en
la escena de La traviata con un aria algo descafeinada en lo expresivo y una
cabaletta con evidente falta de empuje.
En la segunda parte, las arias de
Massenet dieron una de cal y otra de arena, pues si la contemplativa "En fermant les yeux” de Manon – al igual que la célebre “Pourquoi me réveiller” de Werther - fueron momentos ideales para
el lucimiento de su elegante y natural línea de canto, en "Ah, fuyez douce
image” acusó problemas en el pasaje y en el fiato. Seguramente entre ambos, el
aria del Faust de Gounod supuso un
equilibrado término medio vocal y expresivo. El recital fue cerrado oficial y
extraoficialmente con dos famosas páginas puccinianas: una hermosa “Che gelida
manina” de La bohème y una impactante
“Nessun dorma” de Turandot que contó
con el propio público como insólito – ¡y afinado! – coro acompañante. Al igual que otras páginas ofrecidas
durante la velada (no digamos Les vêpres
siciliennes, con esa estupenda “A toi que j'ai chérie”), el morbo canoro
aquí residió en lo inverosímil de ver a Flórez algún día cantando dichas óperas
sobre el escenario y con una orquesta sinfónica por delante al tiempo que el
disfrute de unas interpretaciones aquí apropiadas.
Entre
ambas, y para delicia de un público para entonces ya rendido a sus pies, Juan
Diego Flórez ofreció la inevitable “Ah mes amis” de La fille du règiment de Donizetti y, acompañándose a la guitarra,
sus célebres versiones de Cucurrucucú,
José Antonio, La flor de la canela y Granada.
Estupendo Vincenzo Scalera al piano quien, además de su acreditado prestigio
como acompañante de cantantes, regaló estimables versiones del Vals en Do mayor de Donizetti y la
“Meditación” de Thaïs de Massenet.