José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 8 de Noviembre de 2018. Serguei Rachmaninov:
Concierto para piano nº 1 en fa sostenido menor, Op. 1. Maurice Ravel: Don Quijote a Dulcinea. Manuel de Falla:
El retablo de Maese Pedro. Hiroo Sato, piano. Josep Miquel Ramón,
barítono. Pablo García López, tenor. Ruth Rosique, soprano. Real Orquesta Sinfónica
de Sevilla. Andrés Salado, director musical.
El Concierto
para piano nº1 de Rachmaninov no ofrece
la inspiración y profundidad que sí advertimos en obras posteriores del
compositor para el mismo formato. Sin embargo, probablemente ahí radica su
interés, esto es, en atisbar su temprana apuesta por las raíces eslavas, por su
trasfondo decididamente romántico y por determinados rasgos técnicos (esas poderosas
octavas, las progresiones armónicas, el tratamiento del piano en las
melodías orquestales…).
Mucho de ello pudimos comprobar en el tercer concierto
de la temporada de la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, cuya primera parte
consistió en una sólida lectura de esta obra de Rachmaninov por parte de Hiroo
Sato con dirección de Andrés Salado. El ganador del primer premio del Concurso
Internacional de Música María Canals hace dos años, pese a un inicio con un
sentido del ritmo y del color algo mecánicos y tal vez demasiado pendiente del
director, fue convenciendo paulatinamente hasta ofrecer su mejor perfil en unas
cadencias de gran fantasía interpretativa. Del mismo modo, se superó a sí mismo
en una imponente versión del Preludio
op.3 nº2, también de Rachmaninov, rica en matices dinámicos y con sabio manejo
del pedal.
La segunda parte estuvo consagrada a sendas obras vocales
en torno al Don Quijote cervantino. En primer lugar, las tres canciones que
conforman el Don Quijote y Dulcinea de
Ravel, tuvieron en Josep Miquel Ramón un intérprete esforzado pero en las
antípodas de las sutilezas expresivas que requiere su parte y con serias
dificultades técnicas en un instrumento con demasiadas resonancias nasales y a
menudo calante. Un punto mejor, por pura afinidad idiomática aunque igualmente
comprometido, se mostró en el rol de Don Quijote del aquí estupendo El retablo de Maese Pedro de Falla, sin
duda lo mejor de la noche. La atinada y preciosista dirección de Salado y la
entrega de unos músicos visiblemente entregados hicieron disfrutar no poco con
los maravillosos hallazgos tímbricos del compositor gaditano. Por su parte,
Pablo García López volvió a encarnar un fantástico Maese Pedro que domina como
pocos y Ruth Rosique, cuyo volumen vocal sucumbió un tanto en el tramo final,
resultó un competente Trujamán. Un último apunte: sería muy interesante que en
futuras ocasiones se brinde la posibilidad de seguir el texto de este tipo de
obras vocales (en este caso las de Ravel y Falla), con el mismo sistema que sí
se ofrece en las óperas del mismo teatro sevillano.
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