lunes, 21 de enero de 2019

De ópera y valses (II)



José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 4 de Enero de 2019. Gioacchino Rossini: La cenerentola, obertura; Vincenzo Bellini: “Sono all’ara”, de La straniera; Gaetano Donizetti: La favorita, obertura; “Com’e bello”, de Lucrezia Borgia; Vincenzo Bellini: Il pirata, obertura y “Col sorriso d’innocenza” 6; Johann Strauss II: Spanischer Marsch; Lob der Frauen Polka; Champagne Polka; Donauweibchen; Tritsch-Tratsch Polka; Wiener Frauen. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Teodora Gheorghiu, soprano. John Axelrod, director musical.

Con cierta sobreactuación mediática, el concierto de Año  Nuevo de la Real Orquesta Sinfónica ha abanderado el reclamo del "debut" sevillano de Teodora Gheorghiu con grandes titulares en la prensa local, ciertamente desorbitados y sin duda con el engaño al que ha sucumbido algún periodista (y seguramente algún que otro espectador despistado), confundiéndose con la también soprano y - así considerada por muchos - "diva" Angela Gheorghiu. No obstante, el interés del programa elegido, cuya primera parte deparaba una atractiva - y breve - selección de arias y oberturas belcantistas, algunas de extraordinaria dificultad, como es el caso de las arias de Vincenzo Bellini: “Sono all’ara”  de La straniera o “Col sorriso d’innocenza”, la escena final de Il pirata que popularizara Maria Callas con apabullante expresividad dramática y sublime línea de canto.
Más de esto último que de lo primero mostró una Teodora Gheorghiu de voz proyectada competentemente y dotada de cierta calidad tímbrica que manejó con un fraseo de indudable elegancia y buen gusto. No obstante, tras un espectacular comienzo con la página de La straniera, acusó cierta impersonalidad interpretativa en “Com’e bello”, de la Lucrezia Borgia donizettiana, sensación que se confirmó con la escena de Il pirata, donde priorizó salvar los innumerables escollos técnicos, a despecho de una caracterización sólo apuntada y problemas de fiato en la cadencia final. Algo comprometida por John Axelrod, que alentaba los aplausos del público sabedor del bis preparado, Teodora Gheorghiu regaló una hermosa lectura de “O mio babbino caro”, el célebre aria del Gianni Schicchi de Puccini, en lo que probablemente fue lo mejor de su actuación.
Bastante más monótona resultó la selección de valses y polcas straussianos que,  bajo el pomposo título de “Homenaje a la mujer”, tuvieron en la sinfónica sevillana a un conjunto aquí más profesional que entusiasta. Sin embargo, Axelrod se vió obligado a bisar la inevitable Marcha Radetzky que por supuesto contó con la dirección de las consabidas palmas por parte del director americano que incluso en la segunda versión se paseó por los pasillos del patio de butacas haciendo las delicias de un público a esas alturas entregado.

jueves, 17 de enero de 2019

De ópera y valses (I)


José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)

Córdoba. Gran Teatro. 2 de Enero de 2019. Wolfgang Amadeus Mozart: Die Entführung aus dem Serail, obertura; Gioacchino Rossini: Il signor Bruschino, obertura; Franz von Suppé: Leichte Kavallerie, obertura; Jules Massenet: Thaïs, meditación; Johannes Brahms: Danzas húngaras nº1, 5 y 6; Johann Strauss II; Wiener Blut walzer, op.354; Rosen aus dem Süden walzer, op.388; Josef Strauss: Ohne Sorgen polka, op.271; Johann Strauss II; Kaiserwalzer, op.473; Champagner polka, op.211; An der schönen blauen Donau walzer, op.314. Orquesta de Córdoba. Artaches Kazarian, violín. Marco Guidarini, director musical.

Sin llegar a atinar del todo con una fórmula realmente convincente para un concierto de este tipo, en la que se pretende emular el clásico concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena sin defraudar a un público que mayoritariamente lo desea y sin renunciar a cierta personalidad (el más aceptable que quien esto suscribe haya escuchado fue dirigido por Hernández Silva, ver reseña aquí), en cualquier caso la Orquesta de Córdoba ha logrado en esta ocasión un éxito incuestionable con un Gran Teatro lleno hasta la bandera en las dos jornadas en las que desarrolló el programa que comentamos.
Dividido en dos partes, una netamente operística y otra que podríamos definir como más austríaca, Marco Guidarini, conocido en la ciudad por sus puntuales visitas (no en vano volverá para dirigir un programa barroco en febrero), dirigió con tempi en general aligerados y  con manifiesta intensidad, particularmente en las obras de mayor enjundia sinfónica. Tras comenzar con un tosco Mozart, en exceso ruidoso, las oberturas de Il signor Bruschino, de excelente planificación dinámica, y sobre todo de Cavalleria ligera, con una espectacular respuesta orquestal como corresponde, pusieron de manifiesto la evidente sintonía del maestro italiano con el universo operístico romántico. En este sentido, aún mayores cotas expresivas se lograron con el que probablemente fue el mejor momento de la noche, una "meditación" de Thaïs de Massenet exenta del empalago que acostumbran otras batutas y en donde pudimos disfrutar de la interpretación solista de Artaches Kazarian, concertino de la orquesta cordobesa, cuyo violín mostró un hermoso y sugerente sonido. La indudable potencia rítmica de las danzas brahmsianas remató con brillantez la primera parte de la velada.

A la vuelta del descanso el público disfrutó con una acertada selección de valses y polcas de los Strauss (Johann hijo y Josef), en la que destacó una poderosa lectura del siempre majestuoso vals El Emperador así como el humor de las polcas Ohne sorgen y Champagner, en donde la pantomima entre las percusionistas (especialmente una divertídisima Cristina Llorens en los timbales) y el director hicieron las delicias de los presentes. Como no podía ser de otra manera, el concierto terminó con una Marcha Radetzky en la que Marco Guidarini dirigió las palmas del público desde el primer hasta el último compás.

miércoles, 16 de enero de 2019

Carmina Burana comercial y sin enjundia musical


 
José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)
Córdoba. Gran Teatro. 27 de Diciembre de 2018. Carl Orff: Carmina Burana (versión escenificada con dos pianos, flauta y percusión). Carlos Daza, barítono. Amparo Navarro, soprano. Lluís Frigola, contratenor. Lucía Espinosa, actriz. Coro CB Creatives. César Belda, director musical. Carlus Padrissa, dirección escénica (La Fura dels Baus).

 “Evidentemente, la propuesta escénica de la Fura condiciona sobremanera a los solistas vocales, convirtiéndolos casi en más actores que cantantes, a quienes se les exige ciertos efectos en la línea de canto que devienen de la propia idea escénica. Así pues, el canto del trío protagónico resultó en general poco elegante y natural, si bien enormemente eficaz escénicamente. Llamaba la atención que el compositor de la obra no apareciera en el programa hasta su tercera página y que en portada sólo figurara el título junto al de la compañía escénica” (ver reseña aquí)
No añadiremos mucho más a las citadas apreciaciones de la puesta en escena de Carmina Burana que La Fura dels Baus representara en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada de 2014. Una vez más, La Fura es fiel a sí misma en una propuesta escénica que se ajusta mejor a sus coordenadas expresivas habida cuenta de la esencia más descriptiva que narrativa de la obra de Orff. La atracción estética de las videoproyecciones, la audacia de pasajes como la representación de la bacanal o las ninfas perfumando la platea, las consabidas grúas en escena marca de la casa … se sucedieron de manera más o menos fluida en un espectáculo globalmente plausible que, salvo detalles nimios, responde a su concepción original.

En esta gira que la propia compañía está llevando a cabo a lo largo y ancho de la geografía española, se hace acompañar de un conjunto instrumental formado básicamente por dos pianos, flauta y percusión variada. Y he aquí lo decepcionante, por momentos hasta inadmisible, de la producción. Tanto la publicidad del evento como el sucinto programa de mano juega al engaño al utilizar el término de “orquesta”, que en su versión original es probablemente el núcleo del reclamo espectacular que habitualmente acompaña esta obra; es más, aparecía que la composición de la música pertenecía a Carl Orff y César Belda – el aquí director musical – sin ofrecer ni una sola explicación de en qué términos se basa dicha presunta coautoría. 
Desde luego la versión aquí ofrecida excedía con mucho la célebre reducción para dos pianos y percusión que hiciera Wilhelm Killmayer, discípulo de Orff muerto hace sólo un año. Además, el coro traído para la ocasión contó con menos de veinte voces, todas amplificadas (como cualquier sonido de la representación) y se añadió una introducción con dos fragmentos inspirados en los carmina medievales (Dianae sumus in fide y Iste mundus furibundus) de cuyo origen musical nada se dice. La aclaración de estos datos serían un interesante y saludable aliciente ético, necesario máxime cuando los precios de las entradas superaron incluso los que se suelen habilitar para las óperas de producción propia del Gran Teatro cordobés.
El público, sin duda desconocedor de todos estos pormenores y entresijos de fondo en torno la versión ofrecida, se dejó seducir ante la belleza plástica de las imágenes concebidas por la Fura, la corrección de las voces solistas (musicalísimo Carlos Daza, correcto Lluís Frijola y aceptable, aunque de sonido en exceso maternal y poco sensual, Amparo Navarro) y una dirección metronómica que parecía ceder con gusto el protagonismo sonoro a los ingenieros.

jueves, 10 de enero de 2019

Unas despiertas bellas durmientes


José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)
Córdoba. Gran Teatro. 21 de Diciembre de 2018. Engelbert Humperdinck: La bella durmiente, suite; Piotr Ilich Tchaikovsky: La bella durmiente, op.66a (versión de Georg Blüml y Carlos Domínguez-Nieto). Marisol Membrillo, narradora. Orquesta de Córdoba. Director: Carlos Domínguez-Nieto.

Una tan sorprendente como audaz propuesta musical deparaba el concierto navideño de la Orquesta de Córdoba bajo el título “Un cuento musical por Navidad”. No en vano, el programa se conformaba en torno al cuento de “La bella durmiente” y el mismo director titular, Carlos Domínguez-Nieto presentó la velada al público como "un concierto de Navidad diferente, recuperando la tradición del cuento dirigido directamente a los niños pero también al niño que todos los adultos llevamos dentro y que suele resurgir particularmente por estas fechas". Desde luego el reclamo logró antes de empezar gran parte de su objetivo habida cuenta del excelente aforo obtenido (al menos así fue en este segundo pase del programa que comentamos).

De partida, ya la suite del mismo nombre compuesta por Engelbert Humperdinck no resultó un simple “aperitivo musical” tal y como había anunciado, con evidente falta de modestia, el director madrileño. La obra contiene los suficientes puntos de interés e intensidad orquestal como para descubrir, como así fue, la implicación de Domínguez-Nieto y su preocupación por resaltar y obtener una extraordinaria limpieza tímbrica y apropiado clima, entre lírico y sugestivo, por parte del conjunto sinfónico cordobés.
Ingredientes estos que pusieron en bandeja una versión brillantísima en lo meramente musical, y encantadora en general, de la adaptación del ballet La bella durmiente de Tchaikovsky realizada por el propio Carlos Domínguez-Nieto en colaboración con el director escénico Georg Blüml, que aquí recibía su bautismo en castellano después del estreno en Alemania. En ella, destaca la declamación del cuento de Perrault y los hermanos Grimm así como la propia selección musical del ballet de Tchaikovsky. Además, en esta ocasión se contó con una entregada y convenientemente expresiva Marisol Membrillo, excelente actriz de la tierra que logró cautivar a los presentes con las peripecias de la narración de este clásico popular. Sin ceder a la sobreactuación tan habitual en este tipo de propuestas, la artista cordobesa se valió de un amplio sillón y un gran libro como acertado atrezzo. 
Un público visiblemente satisfecho y entusiasmado, despidió puesto en pie a los intérpretes rematando lo que sin duda fue un éxito incuestionable.

miércoles, 9 de enero de 2019

Interesante piñata musical rusa


José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)

Sevilla. Teatro de la Maestranza. 20 de Diciembre de 2018. Anatoli Liádov: Polonesa para orquesta en Do mayor, Op. 49; Serguei Rachmaninov: Rapsodia sobre un tema de Paganini; Piotr Ilich Tchaikovsky: Aria de Lensky (arreglo para flauta de G.Braunstein) y Polonesa, de “Eugenio Oneguin”; Modest Mussorgski/Rimsky-Korsakov: Introducción  y Polonesa, de “Boris Godunov”. Mijáil Glinka: Ruslán y Ludmila, obertura. Piotr Ilich Tchaikovsy: Cascanueces, suite. Tatiana Postnikova, piano. Vicent Morelló Broseta, flauta. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. John Axelrod, director musical.

             No siempre contundente y a veces cogido por los pelos, el cuarto concierto de abono de la presente temporada de la Sinfónica de Sevilla se presentaba bajo el título “Pasión por Pushkin” al girar el programa - presuntamente - en torno a la figura del gran escritor ruso. Un programa, dicho sea de paso, variopinto al tiempo que contundente (duró más de dos horas y media) en el que, eso sí, se impuso el inefable atractivo de la música rusa.

            A nivel interpretativo, lo mollar del concierto estuvo constituido por las Variaciones sobre un tema de Paganini en la primera parte así como la suite Cascanueces en la segunda. La pieza de Rachmaninov se abrió paso tras una - más bien poco lucida - Polonesa de Liádov (compuesta en memoria de Pushkin) con demasiado ruido y brocha gorda sonora; algo que afortunadamente no se repitió en el resto de la velada. Para esta ocasión la pianista de la casa, una Tatiana Postnikova siempre sensible y musicalísima, convenció y cosechó un éxito tan rotundo como justo. Su pianismo, más sensible y ligero que virtuosístico o incisivo, se metió paulatinamente al público en el bolsillo hasta embelesarlo a partir de la celebérrima decimoctava variación. En agradecimiento, y con tacto y gusto exquisito, la pianista moscovita regaló un atinado Diciembre de Tchaikovsky.
            La segunda parte se abrió con una selección de piezas orquestales procedentes de óperas rusas. La única vocal, el sentido aria de Lensky procedente de la ópera Eugenio Onegin de Tchaikovsky, se ofreció en la versión para flauta y orquesta de Guy Braunstein (célebre violinista que fuera concertino de la Filarmónica de Berlín), aquí bajo la solvente interpretación de Vicent Morelló Broseta, flauta solista del conjunto sinfónico sevillano, quien ofreció fuera de programa una interesante lectura de Syrinx, de Claude Debussy. 

       El ramillete de obras compuesto por la Polonesa de Tchaikovsky, la homónima de Mussorgsky (procedente de su ópera Boris Godunov, quien la viera en el Maestranza…) o la furibunda obertura de Ruslán y Ludmila de Glinka, sirvieron para comprobar una vez más la impresionante brillantez e intensidad sonoras que consigue extraer John Axelrod de la Sinfónica de Sevilla. Y de paso, en esa misma línea, poner en bandeja una preciosa, también por momentos preciosista, versión del Cascanueces de Tchaikovsky, cuyo acertado juego de texturas, entre la opulencia sinfónica y un sonido casi camerístico, fue de la mano de una musicalidad exquisita.

lunes, 7 de enero de 2019

De Mozart a Stravinsky, de Perianes a Mena…


José Amador Morales  (artículo publicado en Codalario)
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 29 de Diciembre de 2018. Wolfgang Amadeus Mozart: Concierto para piano y orquesta nº27 en Si bemol Mayor, K.595; Igor Stravinsky: La consagración de la primaveras. Javier Perianes, piano. Orquesta Joven de Andalucía. Juanjo Mena, director musical.

            Ante los aniversarios que durante este recién estrenado 2019 van a cumplir la Fundación Barenboim-Said y la Orquesta Joven de Andalucía (más exactamente el llamado Programa Andaluz para Jóvenes Intérpretes), se ha organizado este concierto celebrado el pasado 29 de Diciembre en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, que tuvo su réplica al día siguiente en el Auditorio Maestro Padilla de Almería. Todo ello en un clima de evidente indecisión ante el futuro de sendas instituciones públicas andaluzas habida cuenta del previsible cambio de gobierno en la Junta de Andalucía. La Fundación Barenboim-Said ha sido siempre un blanco favorito por parte de la oposición política y todo apunta a que su existencia está más en entredicho que nunca. Al menos en su forma actual y máxime ante la ausencia de conciertos en los últimos tres años por parte de Daniel Barenboim al frente de su West-Eastern Divan Orchestra, como solía acostumbrar al inicio o final de sus célebres giras internacionales.
            Desde luego, a la vista del tremendo éxito del concierto que comentamos sería un craso error, al menos desde un punto de vista estratégico, que ningún candidato sacara a colación tales embrollos que contienen desgraciadamente más enjundia política (con minúscula) que musical. Tal vez, la fórmula que aquí se ha evidenciado, reuniendo al alumnado de las dos entidades musicales (la Academia de Estudios Orquestales de la fundación de una parte, y la OJA, de otra) sea una suerte de adelanto plausible de una solución lógica.
            Para esta ocasión se ha contado con dos personalidades españolas de innegable fuste como son Javier Perianes y Juanjo Mena, ambos Premios Nacionales de Música, en un programa tan atractivo como comprometido. El pianista onubense asumió algo más del usual protagonismo en un mozartiano Concierto para piano y orquesta nº27 en el que Juanjo Mena ofreció una dirección entre distante y poco intensa, a pesar de contar con una cuerda exponencialmente ensanchada más de lo ordinario. No obstante, ello no impidió apreciar un sonido aseado, ciertamente no muy idiomático pero eficaz para arropar al solista. Y es que, si hablamos de estilo, la versión de Javier Perianes  supuraba Mozart a raudales: ligera, sensible, sutil… hermosa en una palabra. Su lectura fue a más, llegando a cotas de gran compromiso expresivo en el larghetto central y de hermosa fluidez melódica en el allegro conclusivo, con un delicioso juego de claroscuros. Ante las aclamaciones de un público entregado, Perianes regaló una Danza del fuego de Falla de portentosa intensidad y fuerza magnética (casi visible en su postura corporal frente al teclado) no exenta de una musicalidad habitual en el pianista nacido en Nerva; quien esto suscribe le ha escuchado la misma pieza en varias ocasiones pero jamás diciendo tanto y de forma tan bella.
            Durante la segunda parte, Juanjo Mena logró reivindicarse pues, si afrontar La consagración de la primavera nunca es fácil, hacerlo al frente de una orquesta-escuela supone una serie de exigencias añadidas. El director alavés no sólo salió airoso sino que logró un éxito incuestionable que disipó muchas dudas iniciales. Lejos de ofrecer una lectura de corte camerístico, tendiendo a las seguridades de una ejecución más controlada, Mena se lanzó hacia una interpretación que no escatimó los contrastes extremos ni las sutilezas tímbricas, logrando una versión de extraordinario equilibrio. Para ello consiguió dotar las transiciones de gran transparencia, formal y conceptual, al igual que los espléndidos ataques de las dos partes que conforman la obra (tanto el célebre fagot solista - ¡fantástico aquí! - en La adoración de la tierra como el majestuoso inicio de El sacrificio), y dosificar la compleja carga enérgica que contiene esta música tan poderosa.
Los músicos de sendas agrupaciones musicales respondieron muy por encima de lo que cabría esperar. Junto a las espléndidas aportaciones solistas, destacaron las secciones de viento – particularmente flautas, trompetas y trombones – y la atentísima percusión. En cualquier caso, el impresionante crescendo conclusivo de la Danza de la tierra, por citar un ejemplo significativo, es sólo una muestra de una calidad muy superior a la que encontraríamos en muchos de los conjuntos sinfónicos de nuestro país, síntoma inequívoco de su motivación y “hambre” de hacerlo bien: ¿se les dejará sin comer?...