jueves, 17 de enero de 2019

De ópera y valses (I)


José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)

Córdoba. Gran Teatro. 2 de Enero de 2019. Wolfgang Amadeus Mozart: Die Entführung aus dem Serail, obertura; Gioacchino Rossini: Il signor Bruschino, obertura; Franz von Suppé: Leichte Kavallerie, obertura; Jules Massenet: Thaïs, meditación; Johannes Brahms: Danzas húngaras nº1, 5 y 6; Johann Strauss II; Wiener Blut walzer, op.354; Rosen aus dem Süden walzer, op.388; Josef Strauss: Ohne Sorgen polka, op.271; Johann Strauss II; Kaiserwalzer, op.473; Champagner polka, op.211; An der schönen blauen Donau walzer, op.314. Orquesta de Córdoba. Artaches Kazarian, violín. Marco Guidarini, director musical.

Sin llegar a atinar del todo con una fórmula realmente convincente para un concierto de este tipo, en la que se pretende emular el clásico concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena sin defraudar a un público que mayoritariamente lo desea y sin renunciar a cierta personalidad (el más aceptable que quien esto suscribe haya escuchado fue dirigido por Hernández Silva, ver reseña aquí), en cualquier caso la Orquesta de Córdoba ha logrado en esta ocasión un éxito incuestionable con un Gran Teatro lleno hasta la bandera en las dos jornadas en las que desarrolló el programa que comentamos.
Dividido en dos partes, una netamente operística y otra que podríamos definir como más austríaca, Marco Guidarini, conocido en la ciudad por sus puntuales visitas (no en vano volverá para dirigir un programa barroco en febrero), dirigió con tempi en general aligerados y  con manifiesta intensidad, particularmente en las obras de mayor enjundia sinfónica. Tras comenzar con un tosco Mozart, en exceso ruidoso, las oberturas de Il signor Bruschino, de excelente planificación dinámica, y sobre todo de Cavalleria ligera, con una espectacular respuesta orquestal como corresponde, pusieron de manifiesto la evidente sintonía del maestro italiano con el universo operístico romántico. En este sentido, aún mayores cotas expresivas se lograron con el que probablemente fue el mejor momento de la noche, una "meditación" de Thaïs de Massenet exenta del empalago que acostumbran otras batutas y en donde pudimos disfrutar de la interpretación solista de Artaches Kazarian, concertino de la orquesta cordobesa, cuyo violín mostró un hermoso y sugerente sonido. La indudable potencia rítmica de las danzas brahmsianas remató con brillantez la primera parte de la velada.

A la vuelta del descanso el público disfrutó con una acertada selección de valses y polcas de los Strauss (Johann hijo y Josef), en la que destacó una poderosa lectura del siempre majestuoso vals El Emperador así como el humor de las polcas Ohne sorgen y Champagner, en donde la pantomima entre las percusionistas (especialmente una divertídisima Cristina Llorens en los timbales) y el director hicieron las delicias de los presentes. Como no podía ser de otra manera, el concierto terminó con una Marcha Radetzky en la que Marco Guidarini dirigió las palmas del público desde el primer hasta el último compás.

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