José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)
Sin llegar a
atinar del todo con una fórmula realmente convincente para un concierto de este
tipo, en la que se pretende emular el clásico concierto de Año Nuevo de la
Filarmónica de Viena sin defraudar a un público que mayoritariamente lo desea y
sin renunciar a cierta personalidad (el más aceptable que quien esto suscribe
haya escuchado fue dirigido por Hernández Silva, ver reseña aquí), en cualquier caso la Orquesta de Córdoba ha logrado en esta ocasión un éxito
incuestionable con un Gran Teatro lleno hasta la bandera en las dos jornadas en
las que desarrolló el programa que comentamos.
Dividido en
dos partes, una netamente operística y otra que podríamos definir como más austríaca,
Marco Guidarini, conocido
en la ciudad por sus puntuales visitas (no en vano volverá para dirigir un
programa barroco en febrero), dirigió con tempi
en general aligerados y con manifiesta intensidad, particularmente en las
obras de mayor enjundia sinfónica. Tras comenzar con un tosco Mozart, en exceso
ruidoso, las oberturas de Il signor
Bruschino, de excelente planificación dinámica, y sobre todo de Cavalleria ligera, con una espectacular
respuesta orquestal como corresponde, pusieron de manifiesto la evidente
sintonía del maestro italiano con el universo operístico romántico. En este
sentido, aún mayores cotas expresivas se lograron con el que probablemente fue
el mejor momento de la noche, una "meditación" de Thaïs de Massenet exenta del empalago
que acostumbran otras batutas y en donde pudimos disfrutar de la interpretación
solista de Artaches Kazarian, concertino de la orquesta cordobesa, cuyo violín
mostró un hermoso y sugerente sonido. La indudable potencia rítmica de las
danzas brahmsianas remató con brillantez la primera parte de la velada.
A la vuelta del
descanso el público disfrutó con una acertada selección de valses y polcas de los
Strauss (Johann hijo y Josef), en la que destacó una poderosa lectura del siempre
majestuoso vals El Emperador así como
el humor de las polcas Ohne sorgen y Champagner, en donde la pantomima entre
las percusionistas (especialmente una divertídisima Cristina Llorens en los
timbales) y el director hicieron las delicias de los presentes. Como no podía
ser de otra manera, el concierto terminó con una Marcha Radetzky en la que Marco Guidarini dirigió las palmas del
público desde el primer hasta el último compás.


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