miércoles, 16 de enero de 2019

Carmina Burana comercial y sin enjundia musical


 
José Amador Morales (artículo publicado en Mundoclasico)
Córdoba. Gran Teatro. 27 de Diciembre de 2018. Carl Orff: Carmina Burana (versión escenificada con dos pianos, flauta y percusión). Carlos Daza, barítono. Amparo Navarro, soprano. Lluís Frigola, contratenor. Lucía Espinosa, actriz. Coro CB Creatives. César Belda, director musical. Carlus Padrissa, dirección escénica (La Fura dels Baus).

 “Evidentemente, la propuesta escénica de la Fura condiciona sobremanera a los solistas vocales, convirtiéndolos casi en más actores que cantantes, a quienes se les exige ciertos efectos en la línea de canto que devienen de la propia idea escénica. Así pues, el canto del trío protagónico resultó en general poco elegante y natural, si bien enormemente eficaz escénicamente. Llamaba la atención que el compositor de la obra no apareciera en el programa hasta su tercera página y que en portada sólo figurara el título junto al de la compañía escénica” (ver reseña aquí)
No añadiremos mucho más a las citadas apreciaciones de la puesta en escena de Carmina Burana que La Fura dels Baus representara en el Festival Internacional de Música y Danza de Granada de 2014. Una vez más, La Fura es fiel a sí misma en una propuesta escénica que se ajusta mejor a sus coordenadas expresivas habida cuenta de la esencia más descriptiva que narrativa de la obra de Orff. La atracción estética de las videoproyecciones, la audacia de pasajes como la representación de la bacanal o las ninfas perfumando la platea, las consabidas grúas en escena marca de la casa … se sucedieron de manera más o menos fluida en un espectáculo globalmente plausible que, salvo detalles nimios, responde a su concepción original.

En esta gira que la propia compañía está llevando a cabo a lo largo y ancho de la geografía española, se hace acompañar de un conjunto instrumental formado básicamente por dos pianos, flauta y percusión variada. Y he aquí lo decepcionante, por momentos hasta inadmisible, de la producción. Tanto la publicidad del evento como el sucinto programa de mano juega al engaño al utilizar el término de “orquesta”, que en su versión original es probablemente el núcleo del reclamo espectacular que habitualmente acompaña esta obra; es más, aparecía que la composición de la música pertenecía a Carl Orff y César Belda – el aquí director musical – sin ofrecer ni una sola explicación de en qué términos se basa dicha presunta coautoría. 
Desde luego la versión aquí ofrecida excedía con mucho la célebre reducción para dos pianos y percusión que hiciera Wilhelm Killmayer, discípulo de Orff muerto hace sólo un año. Además, el coro traído para la ocasión contó con menos de veinte voces, todas amplificadas (como cualquier sonido de la representación) y se añadió una introducción con dos fragmentos inspirados en los carmina medievales (Dianae sumus in fide y Iste mundus furibundus) de cuyo origen musical nada se dice. La aclaración de estos datos serían un interesante y saludable aliciente ético, necesario máxime cuando los precios de las entradas superaron incluso los que se suelen habilitar para las óperas de producción propia del Gran Teatro cordobés.
El público, sin duda desconocedor de todos estos pormenores y entresijos de fondo en torno la versión ofrecida, se dejó seducir ante la belleza plástica de las imágenes concebidas por la Fura, la corrección de las voces solistas (musicalísimo Carlos Daza, correcto Lluís Frijola y aceptable, aunque de sonido en exceso maternal y poco sensual, Amparo Navarro) y una dirección metronómica que parecía ceder con gusto el protagonismo sonoro a los ingenieros.

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