José Amador Morales (artículo publicado en Codalario)
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 17 de Diciembre de 2018. Fréderic Chopin Preludios op.28. Claude Debussy: La plus que lente (vals), La puerta del vino, La soirée dans Grenade. Manuel de Falla: Homenaje a Debussy. Maurice Ravel: Gaspard de la nuit. Joaquín Achúcarro, piano.
“No se trata
de veinticuatro joyas compuestas al azar. La disposición con la que Chopin
distribuyó los preludios demuestra ya que quiere una arquitectura (…) Pero no
es esto lo principal. Lo más increíble de estos preludios es que están
ordenados de tal manera que cada uno expresa una emoción, un paisaje emocional,
algo personal y humano: desde la alegría, el dolor, la desesperación, la
desolación, el miedo, la furia, el recuerdo, la nostalgia, la rebeldía… el
nocturno… Todo ello está en estos veinticuatro preludios. Pero están ordenados
de una forma en la que la emoción expresada por cualquier preludio es distinta
del que le antecede y del que le sigue. Tal vez Chopin nos estaba comunicando
estados de ánimo que él había vivido, teniendo en cuenta que la palabra
psicoanálisis aún no existía…”.
Con estas palabras presentaba el
propio Joaquín Achúcarro la primera parte del presente recital en lo que
suponía su regreso al Teatro de la Maestranza tras unas inolvidables Noches en los jardines de España de
Falla allá por la primavera de 2014. En ella desgranó los veinticuatro
preludios del opus 28 chopiniano sin sonidos ampulosos ni sobreactuaciones, más
bien al contrario: con una sutileza y una naturalidad que embelesan, y siempre
en pos de la música misma. Con una dinámica más bien suave, muy apropiada para
el clima ensimismado generado por el pianista bilbaíno, y que la partitura de
Chopin alienta de forma intrínseca, si bien ello no impidió una mayor
contundencia en los pasajes que expresivamente así lo exigían (caso por
supuesto del preludio que cierra la serie), Achúcarro mostró – y, aún mejor,
comunicó – al piano lo que había previamente anunciado de palabra, esto es,
todo un abanico de emociones e inquietudes humanas que transcienden esta música
inmensa. Y ello a pesar del sabotaje
cruel por parte de las toses que los audioterroristas lanzaron sin piedad a lo
largo de la velada.
La segunda
parte del programa estuvo dedicada a diversas obras francesas, comenzando con
un Debussy (La plus que lente (vals), La puerta del vino, La soirée dans
Grenade) de gran belleza formal y sensualidad, nada empalagoso gracias a
una pulsación incisiva que le permitió dotar a cada sonido de un inequívoco
peso expresivo. Pero si de sensualidad y expresividad hablamos, la palma se la
llevó un Homenaje a Debussy, la única
obra que Falla compuso para guitarra gracias al tesón de Miguel Llobet, en
donde el omnipresente ritmo de habanera, aquí con un sutil ritenuto casi a
manera de sollozo, es trascendido por la profundidad del homenaje póstumo: “la
genialidad de Falla reside en conseguir tranformar una danza sensual y erótica
en una marcha fúnebre: sublima su tiempo de habanera con una tristeza y con un
dolor contenido únicos”, afirmó el propio Achúcarro.
Una
musicalísima Gaspard de la nuit de
Ravel, pieza emblemática del maestro, remató el programa oficial, con
transparentes y hermosas texturas que hicieron seguir sin pestañear las hazañas
de la ondina o el balanceo del ahorcado para desembocar en un “Scarbo” no
exento de vehemencia pero siempre al servicio del contenido dramático. Si no
fue el clímax de la noche fue debido al impresionante, en su sobriedad
expresiva y riqueza en el color, Nocturno
para la mano izquierda op.9 nº2 de Scriabin (mismo fascinante bis que
ofreció en 2014 sobre el mismo escenario) que cerró el trío de suculentos bises
iniciado con el precioso Claro de Luna
y la Habanera de Ernesto Halffter, en
clara sintonía con las obras precedentes.

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