José Amador Morales (artículo publicado en Codalario)
Valencia. Palau Les Arts. 15 de Diciembre de 2018. Wolfgang Amadeus Mozart: Die Zauberflöte. Dmitry
Korchak (Tamino), Mariangela Sicilia (Pamina), Tetiana Zhuravel (Reina de la
Noche), Mark Stone (Papageno), Wilhelm Schwinghammer (Sarastro), Moisés Marín
(Monostatos), Júlia Farrés-Llongueras (Papagena), Camila Titinger (Primera
Dama), Olga Syniakova (Segunda Dama), Marta Di Stefano (Tercera Dama), Dejan
Vatchkov (Orador/Primer sacerdote), Vicent Romero (Segundo sacerdote/Primer
armado), Richard Wiegold (Segundo armado), Lucas Tino David Rebato (Primer
muchacho), Kiran Sundip Patel (Segundo muchacho), Dionysios Sevastakis (Tercer
muchacho). Coro de la Generalitat Valenciana. Orquesta de la Comunidad
Valenciana. Lothar Koenigs, dirección musical. Graham Vick, dirección escénica.
Nueva coproducción del Palau Les Arts de Valencia y el Festival de Macerata.
El inicio de la temporada oficial de
abono del Palau Les Arts ha tenido lugar con la puesta en escena de Die
Zauberflöte. Hasta seis funciones ha puesto a la venta la institución
valenciana y, desde luego, el éxito de público ha sido extraordinario tal y
como pudimos comprobar en la representación que comentamos, la última del
ciclo. Si bien a nadie se le escapa la popularidad del título, al igual que posible
interés que haya suscitado el revuelo, también mediático, originado tras el día
del estreno con motivo de la puesta en escena como más adelante se tratará, no
cabe duda de que no ha sido fácil ver un lleno tan contundente en el principal
coliseo lírico de Valencia en las citas líricas.

A nivel musical, probablemente la
dirección de Lothar Koenigs se ha revelado como el máximo exponente artístico
de esta propuesta. No en vano, supo aprovechar al máximo las excelencias de la
Orquesta de la Comunidad Valenciana, de timbre brillante y articulación
flexible, para ofrecer una lectura ligera tanto en lo agógico como en lo
armónico. Sin embargo, ello no supuso la renuncia de un protagonismo orquestal
que le correspondió por derecho propio ni el abandono de una riqueza en el
color y en el ritmo que favoreció en gran medida la agilidad dramática. El
director alemán, a su manera, supo reivindicarse (también, por extensión, toda
la música de Mozart) al abandonar el podio en el comienzo del segundo acto
debido a la disputa que se originó entre varios espectadores: de hecho, gracias
a ello, al salir nuevamente Koenigs sí pudo continuar la representación sin más
incidentes, síntoma de que el respetable había captado el alcance significativo
de dicho gesto.
Hubo una suerte de homogeneidad
dentro del tono, en general mediocre, de las voces congregadas. Tal vez sólo la
Pamina de Mariangela Sicilia se elevó un punto por encima de la media. Y ello
gracias a la entidad de su instrumento, en principio en exceso ancho pero precisamente
por ello con grandes posibilidades expresivas, como lo demostró en una
conmovedora “Ach, ich fühl's”, de fraseo sutilmente cincelado y de lejos lo
mejor de la noche. Su compañero Tamino fue un Dmitry Korchak vocalmente
desbordado, con evidentes carencias técnicas que le llevaron a mostrar un
sonido estrangulado en el registro agudo y un fraseo basto y pobre, como
demostró en "Dies Bildnis ist bezaubernd schön" en las antípodas de
un canto mozartiano depurado. Mark Stone compuso el clásico Papageno que se
mete al público en el bolsillo en base a una actuación escénica resuelta y
natural, a despecho de unos medios vocales ciertamente discretos. Y Tetiana
Zhuravel ofreció una actuación muy irregular como una Reina de la Noche que, en
esta producción, no es precisamente la mala de la película. Si en su primera
escena, la voz apareció estridente, tremolante y no siempre afinada, en cambio
resolvió con sorprendente comodidad y seguridad la siempre decisiva “Der Hölle
Rache” que, lógicamente, encantó al público. El Sarastro de Wilhelm
Schwinghammer, a pesar de una voz no rotunda y demasiado clara, convenció sin
embargo por la adecuada caracterización vocal y actoral. Dentro de la
corrección general del resto del reparto, convencieron más los tres muchachos
que las damas, un punto faltas de conexión.
La controverdida producción de
Graham Vick, quinta que diseña sobre el mismo título, descarta las dos vías
habituales de acercamiento a esta obra de Mozar: una más fabulística y otra de
corte más conceptual. En cambio, actualiza la acción en un contexto netamente
europeo con una sociedad dividida entre los que tienen acceso a cierto poder y
riqueza (una suerte de secta de privilegiados que aglutina a banqueros,
militares, religiosos de todo tipo, etc, liderada por Sarastro) y los que no
(masa vinculada a distintos procesos de reivindicación social). En escena, de
manera omnipresente aparece la sede del Euro, de la empresa Apple y San Pedro
de Roma como símbolos evidentes de poder que al final caen en un efecto dominó.
Las protestas que un sector del público mostró al comienzo del segundo acto en
esta función fueron producto de un rechazo a la mera idea de “concepto
escénico” en una ciudad poco habituada a ello (recordemos las escenografías
asépticas de Lucrezia Borgia, Don Carlo o Il Corsaro por citar
ejemplos recientes que se han puesto en escena en el Palau Les Arts). Pero
también, y sobre todo, un rechazo por parte de aquellos cuya sensibilidad
ideológica no admite el uso de determinadas consignas, pancartas o simbolismos
sociopolíticos en lo que consideran su terreno. Los gritos de “zafarrancho
podemita” o “pastiche sociata” que escuchamos en la revuelta provocada por
cinco o seis espectadores al comienzo del segundo acto son prueba de ello, bien
que contestados por otro sector del público, revelando un disgusto más político
que artístico.
La propuesta de Vick contiene
errores de bulto y vacíos evidentes (la confusión de los diálogos en español y
en alemán por ejemplo) con escenas y conexiones demasiado abiertas, pero carece
de efectos de mal gusto o antimusicales. Por otra parte, tal vez su principal
acierto sea una dirección de actores muy por encima de lo acostumbrado (la
comparación en este sentido con la producción de Turandot que estos
mismos días está siendo representada en
el Teatro Real de Madrid sería sonrojante para esta última) y,
fundamentalmente, la diversión que provocó en gran parte de un público que
aguantó hasta el final para aclamar con entusiasmo a los protagonistas.



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