Salzburgo. Großes Festspielhaus. 16 de Agosto de 2018. David Robert Coleman:
Looking for Palestine. Anton
Bruckner: Sinfonía nº9 en re menor. Elsa Dreisig, soprano. West-Eastern
Divan Orchestra. Daniel Barenboim, director musical.
Como señalamos el pasado año (ver crítica aquí)
la tradicional visita de la WEDO y Daniel Barenboim ya tiene un espacio propio
en el Festival de Salzburgo así como un sello especial y un ambiente previo
caracterizado por la sensación de mayor relajación que se respira en el por
otra parte abarrotado Festspielhaus.
El primer programa (en esta
ocasión ha habido dos conciertos) tampoco tenía desperdicio; casi nunca lo
tiene con estos protagonistas. La primera parte estuvo protagonizada por el
semi-estreno (reciente estreno universal, estreno en Austria) de Looking for Palestine, obra del
británico David Robert Coleman, a la sazón asistente de Daniel Barenboim en la
Staatsoper berlinesa. La obra, dentro de un asequible tratamiento atonal, es
una suerte de cantata para soprano y orquesta de gran impacto dramático, toda
vez que utiliza textos procedentes de la obra de teatro Palestine que escribiera Najla Said, hija de Edward Said, el
recordado intelectual palestino y cofundador de la West-Eastern Divan Orchestra
junto a Barenboim. El contenido, alejado de connotaciones políticas explícitas,
profundiza en la vivencia contradictoria del exilio y de los conflictos
identitarios del panorama actual, con referencias a la guerra del Líbano y al
11 de Septiembre neoyorquino. Musicalmente, el problema radicó en la difícil
comprensión de un texto que era, bien declamado por la soprano (¡con
amplificación y micrófono en mano!) o bien cantado con un tratamiento vocal
extremo cercano al sprechgstimme. Sin
embargo, musicalmente la pieza, que rondó la media hora de duración, tuvo un
extraordinario interés: su inequívoco espíritu expresivo y su refinado
tratamiento tímbrico (que incluía el oud o laúd árabe como nota de color
exótico) evocaban ágilmente multitud de atmósferas y emociones. Claro que aquí
jugó un papel clave la comprometida dirección de Barenboim y la voz tan atractiva
como incisiva en lo expresivo de Elsa Dreisig.
Sin embargo, una estremecedora Sinfonía nº 9 de Bruckner acabó
imponiendo su protagonismo en la velada a efectos interpretativos. A estas
alturas no es noticia la evidente sintonía espiritual y artística ente el
director argentino y la obra del que fuera organista de la Abadía de San
Florian (por cierto, a escasos kilómetros de Salzburgo como tuvimos ocasión de
comprobar), del que hay disponibles tres ciclos completos de sus sinfonías a
nivel discográfico, el último de ellos también en dvd (recordemos: Sinfónica de
Chicago, Filarmónica de Berlín y Staatskapelle Berlín). Un músico como
Barenboim que ha profundizado, estudiado e interpretado como director y/o como
pianista multitud de obras de Bach, Schubert, Beethoven, Wagner, etc, a lo
largo de su dilatada carrera tiene, como poco, un incuestionable bagaje
interpretativo a la hora de acercarse a esta inmensa música. Aún perdura
indeleble en la memoria de quien esto suscribe el impacto de aquél
impresionante crescendo emocional que supuso la interpretación de las tres
últimas sinfonías de Bruckner en la Alhambra granadina en 2008, si bien en
aquella ocasión Barenboim dirigía a su otra orquesta, la Staatskapelle Berlin (el
acontecimiento bien mereció la posterior cumplimentación del ciclo completo de
las sinfonías brucknerianas en los años siguientes y a cargo de los mismos
intérpretes). Al mismo tiempo debemos anotar el hecho de que la WEDO también
posee de partida un sonido especialmente idiomático para este repertorio, sin
duda forjado a imagen y semejanza de su fundador.
Así pues, había mucho que
decir… y se dijo. Barenboim aplica aquí la misma flexibilidad para el juego
tensión-distensión que tan buenos resultados le da en el repertorio wagneriano
(en este sentido es paradigmática su versión de Tristan) y que desarrolla tanto en la dimensión armónica como
melódica de la música. En esta lectura de la Sinfonía nº9 de Bruckner en particular, su batuta pareció imprimir
un punto de mayor fluidez y de mayor “tiempo armónico” (según la expresión
utilizada por el propio director), que en un principio pudo dar la sensación de
tempi dilatados aunque ello quedaba descartado ante la evidencia de la duración
real de la interpretación. Por otra parte, una naturalidad no reñida en
absoluto con una importante intensidad dramática.Ya con el trémolo inicial (imposible
de saber cuándo o desde dónde surgió ese pianissimo) asistimos a una
maravillosa claridad expositiva de los diversos temas, expresados con un
lirismo penetrante, en contraposición con la tensión de las transiciones.
El
furibundo scherzo, atacado en la cuerda con escarnecedora agresividad dio paso
a un adagio en el que la extrema paleta dinámica, ya percibida en el comienzo
antes señalado, culminó con la expresionista disonancia en fortissimo (¿acaso
radica aquí el obstáculo que le impidió a Bruckner desarrollar su música hasta
completar esta sinfonía?) cuyo silencio posterior, si no alcanzó los 14
segundos de la versión de Granada ya comentada, estuvo muy cerca; en cualquier
caso, el efecto expresivo fue brutal e igualmente aquí la sala contuvo la
respiración. La coda, liberadora pero dramáticamente irresoluta dio paso a ese
largo silencio que uno agradece para retomar el contacto con la realidad, para
unir alma y cuerpo… En suma, un Bruckner soberbio, sobrio en su alejamiento de
levitaciones místicas pero al mismo tiempo musicalísimo, lacerante en su
expresividad y, en definitiva, hermoso como pocos.
La WEDO, justamente ovacionada,
y la que Daniel Barenboim trasladaba los numerosos aplausos también a él
dirigidos, visiblemente orgulloso por el trabajo de sus músicos, volvió a
demostrar ser un conjunto sinfónico, al menos en este repertorio, de primera
fila.



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