Salzburgo. Felsenreitschule. 19 de Agosto de 2018.
Hans Werner Henze: The Bassarids. Sean
Panikkar (Dionysus), Russell Braun (Pentheus), Willard White (Cadmus), Nikolai
Schukoff (Tiresias/Calliope), Károly Szemerédy (Captain/Adonis), Tanja Ariane
Baumgartner (Agave/Venus), Vera-Lotte Böcker (Autonoe/Proserpine), Anna Maria
Dur (Beroe). Coro de la Staatsoper de Viena (Huw
Rhys James, director del coro). Orquesta Filarmónica de Viena. Kent Nagano,
dirección musical. Krzysztof Warlikowski, dirección escénica.
La
presente edición del Festival de Salzburgo ha presentado una nueva producción
de The Bassarids que Hans Werner
Henze que el propio festival le estrenara el 6 de Agosto de 1966. La ópera se
caracteriza por su estructura sinfónica en cuatro movimientos y, a pesar de ser
compuesta en inglés, en su primera puesta en escena fue cantada en alemán (Die Bassariden) y contó con un
intermezzo y un entremés – El juicio de
Calíope – que el propio compositor eliminó posteriormente. En esta nueva
propuesta escénica firmada por Krzysztof Warlikowski dichos fragmentos han sido
reincorporados a la obra, al igual que una introducción narrada procedente del
estreno norteamericano en la Ópera de Santa Fe, el cual tuvo al propio Henze
como director. El juicio de Calíope
ciertamente responde a la idea del teatro dentro del teatro (o mejor, mito
dentro del mito) como muy bien ha sabido reflejar Warlikowski en esta
producción: su interesante diseño instrumental, ligero pero nunca desenfadado,
responde a la pretensión de los libretistas Auden y Kallman de “dar un respiro
ante la violencia del desastre religioso" así como de sugerir que estas
visiones de Pentheus favorecen su caída bajo el hechizo de Dionysus.
En
definitiva, inciden en la debilidad de un personaje que, de lo contrario, tal
vez pudiese parecer más monolítico y únicamente como enemigo intransigente del
dios y no de los distintas manifestaciones de la naturaleza humana (el caso de
Agave, su madre, es revelador en este sentido). Henze comprobó que esta escena
de casi media hora de duración paralizaba la acción teatral, lo cual es cierto
ateniéndonos a lo visto en la presente representación, por más interés que se
tenga en imbricar su desarrollo con el resto del drama. No obstante, también es
cierto que de lo contrario la obra pierde un importante fragmento musical de
gran atractivo. Entre los añadidos de la introducción y este pasaje la obra
gana cerca de cuarenta y cinco minutos.
Krzysztof
Warlikowski nos ofrece un atinado contraste entre el mundo mitológico de
Eurípides y las relaciones de poder, a menudo sectarias, entre individuos y
masas sociales en la actualidad. Con una escenografía que aprovechaba tanto la
extraordinaria longitud horizontal como las pétreas arcadas del Felsenreitschule
salzburgués (al contrario que la pésima Salome
de Castellucci), la acción se enmarcaba en tres recintos (íntimo, social y
religioso) y una competente dirección de actores recreaba las distintas escenas
con acierto dramático. La idea no tanto de la superioridad de Dionysus sino de
la debilidad (¿moral?) de Pentheus parece ser el hilo conductor de esta
producción desde los primeros instantes de la función. La actuación de los
conjuntos fue tremendamente exigente en el caso de los actores y especialmente
del coro, obligado a numerosos cambios de vestuario y movimientos de gran
intensidad expresiva para reflejar éxtasis, trances e histeria colectiva.
Musicalmente
la representación estuvo dirigida por un Kent Nagano que hizo una lectura
soberbia, con su habitual equilibrio entre sobriedad analítica y fluidez
narrativa (como pudimos ya comprobar en Madrid su excelente versión
concertística al frente de la ONE el pasado mes de Junio) pero extrayendo
verdaderas filigranas sonoras de una Filarmónica de Viena en estado de gracia;
extraordinario también en lo musical el coro de la Staatsoper vienesa, cuyas
exigencias escénicas no supusieron en absoluto ningún obstáculo para una
prestación vocal de empaste y paleta de matices asombrosos.
Ya
en Madrid pudimos apreciar, no sin cierta sorpresa, las excelentes cualidades
vocales de Sean Panikkar que borda su Dionysus
gracias al impacto de un timbre muy atractivo y un fraseo lírico de gran
calado. Por su parte, el perfil del veterano Willard White, con su voz oscura
de enorme proyección, encajó en un Cadmus que supo recrear también en lo
escénico con gran acierto. Russell Braun compuso un Pentheus de gran calado
expresivo a pesar de una voz no muy dotada a nivel tímbrico, bien que manejada
con evidente musicalidad. Anna Maria Dur fue una conmovedora Beroe, como
corresponde, con una voz homogénea que manejó con gran comunicatividad. Muy
aplaudidas la sensual Agave (también Venus en el entremés) de Tanja Ariane
Baumgartner, de pastosa y lírica materia prima, y la Autonoe (y Proserpine) de
la efusiva Vera-Lotte Böcker. Correctos,
si bien también discretos en sus cometidos, Nikolai Schukoff como Tiresias y Károly
Szemerédy como capitán.



No hay comentarios:
Publicar un comentario