José Amador Morales (publicado en Codalario)
Sevilla. Teatro de la Maestranza (Sala Manuel García). 3 de Diciembre de 2018. Robert Schumann: Humoreske op.20; Franz Liszt: Vals de Fausto. Enrique Granados: El amor y la muerte, de “Goyescas”. Maurice Ravel: La valse. Leo de María, piano.
El
tradicional ciclo del Teatro de la Maestranza dedicado a jóvenes intérpretes ha
comenzado esta temporada con la presencia de Leo de María y concluirá
próximamente con sendas citas del también pianista Álvaro Campos (con un
interesante “todo Debussy”) así como del Cuarteto SQ4. Conocido también como
Leonel Morales Herrero, Leo de María es hijo del pianista cubano Leonel
Morales, también presente en la Sala Manuel García acompañado por Pedro
Halffter, quien evidentemente ha guiado sus primeros pasos como concertista si
bien en la actualidad sigue las indicaciones de Pavel Gililov.
En esta ocasión, aunque el
programa era extremadamente exigente, casi osado, e intenso como pocos, el
pequeño recinto del teatro sevillano presentaba una entrada bastante mediocre. Una
lástima pues el recital deparó sin duda una grata sorpresa habida cuenta de la
valentía y audacia de la actuación del pianista madrileño.
Tras dirigirse al público para
informar de la modificación del programa y reajustarlo con un orden
cronológico, una contundente – por sonoridad – y nada liviana Humoreske de Schumann, fue la obra con
la que Leo de María asumió el reto de iniciar el recital y que ya le valió,
entre otras, el primer premio en la última edición del concurso de piano de El
Ferrol. Si le quedó un tanto bisoña en la expresión del convulso y romántico
mundo interior schumanniano (“he pasado toda la semana en el piano,
componiendo, escribiendo, riendo y llorando, todo a la vez.: encontrarás todo
ello cuidadosamente escrito en mi opus 20”, llegó a escribirle a Clara) y algo
académica en lo formal, fue más por contraste por lo que demostró
posteriormente. Fue el caso del cierre de la primera parte, con el conveniente
desmelene virtuoso en el Vals de Fausto de
Fanz Liszt, su genial paráfrasis de la escena del primer acto de la ópera Fausto de Gounod así como con sus extremos registros y
dinámicas, en el que Leo de María lució su importante técnica no exenta de
musicalidad.
La vuelta del descanso deparó, sin
embargo, lo mejor de la velada. “Por fin encontré mi personalidad: me enamoré
de la psicología de Goya y su paleta” llegó a señalar Enrique Granados a
propósito de sus Goyescas, obra
pianística cuyo éxito le llevó a convertirla en una ópera que sería estrenada
en el mismísimo Metropolitan de Nueva York y a cuya vuelta moriría ahogado
tratando de salvar a su querida Amparo. Precisamente paleta – en este caso
pianística - y un sutil sentido del color no le faltó a De María en El amor
y la muerte del compositor catalán, dotando a la pieza de un atinado sabor
castizo dentro de una cuidada sobriedad emotiva. Pero lo realmente
extraordinario vino con un La valse
de alto voltaje expresivo en base a sus acertados claroscuros y diáfanas
texturas. Con esta partitura de Ravel el
pianista de veintitrés años remató un recital al que añadió dos propinas (entre
las que destacó la célebre Malagueña
de Lecuona, aquí inevitablemente idiomática) dada la respuesta de un público
entusiasmado.

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