martes, 30 de octubre de 2018

Domínguez Nieto se hace con la Orquesta de Córdoba


José Amador Morales (publicado en Mundoclasico)
Córdoba. Teatro Góngora. 29 de Septiembre de 2018. Aaron Copland: Fanfarria para el hombre común. Anton Dvorak: Danza eslava nº1 en Do Mayor, op.46. Joaquín Turina: La oración del torero, op.34. Johann Sebastian Bach: “Mache dich, mein Herze rein” de La Pasión según san Mateo. Joaquín Valverdeç. ¡Viva Córdoba!, intermezzo. Eduardo Toldrá: “Vistas al mar”, de La Ginesta. Piotr Ilich Tchaikovsky: Romeo y Julieta, obertura-fantasía. Javier Povedano, barítono. Orquesta de Córdoba. Director: Carlos Domínguez-Nieto.

               El flamante nuevo director titular de la Orquesta de Córdoba, Carlos Domínguez-Nieto, parece haber aterrizado en la ciudad de la Mezquita con un buen pan – musical -  debajo del brazo. Desde luego hay tres elementos que así parecen confirmarlo: el peso específico de su importante curriculum, el diseño de la nueva temporada y el impacto del concierto de presentación que nos ocupa.
            Nacido en Madrid en 1972 y titulado en piano, violoncello, composición y dirección de orquesta, Carlos Domínguez-Nieto ha desarrollado una carrera de más de veinte años fundamentalmente entorno a Alemania. Así pues, ha ostentado la titularidad de la Ópera de Cámara de Múnich y, durante más de seis años, el cargo de generalmusikdirektor del Teatro de Ópera de Eisenach, la ciudad natal de Johann Sebastian Bach. En el país teutón ha dirigido además la Staatskapelle Halle, la Filarmónica de Múnich,  Orquesta Sinfónica de Nürnberg y Hof, Orquesta Sinfónica de Múnich, la Orquesta de la Radio de Múnich, la Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia, etc… También ha dirigido la Orquesta Filarmónica de Varsovia, la Orquesta Sinfónica de Hungría, la Orquesta de la Ópera Nacional de Hungría y la Orquesta Metropolitana de Lisboa, y en nuestro país la Orquesta de Radio Televisión Española, la Orquesta Sinfónica de Navarra, la Orquesta de Castilla y León, las Orquestas Filarmónicas de Gran Canaria y Málaga, la Filharmonia de Galicia, entre otras muchas.

            Elegido entre sesenta y dos candidaturas, el director madrileño se presentó como nuevo titular de la orquesta cordobesa con un concierto acorde con la situación, esto es, para todos los públicos y a medio camino entre lo amable y lo atractivo. Presentando él mismo cada una de las piezas seleccionadas, entre las que no faltaron guiños a la música española y a grandes nombres como Bach o Tchaikovsky, con sus introducciones ofreció al mismo tiempo aspectos interesantes tanto de su propia personalidad musical así como avances de esta nueva temporada de la Orquesta de Córdoba, demostrando una evidente cercanía y empatía con el público. Musicalmente la velada se desarrolló sin descanso pero también sin caídas de interés, obteniendo una entrega y un sonido bastante importante por parte del conjunto sinfónico cordobés cuyos músicos se mostraron especialmente motivados y a la altura de las circunstancias. Si en La oración del torero de Turina donde percibimos esa calidad tímbrica, el cierre con la obertura Romeo y Julieta de Tchaikovsky devino a un tiempo como clímax expresivo del concierto y como prometedor aperitivo musical de lo que Carlos Domínguez-Nieto puede dar de sí en Córdoba.
           
Por lo pronto la nueva temporada es hermosa como pocas y muy adecuada al cordobés, con obras de gran repertorio pocas veces (o ninguna) escuchadas en la ciudad (La consagración de la primavera, Sinfonía nº4 de Bruckner, La Pasión según San Mateo, El retablo de maese Pedro…) junto a música contemporánea y española (el “rescate” de la zarzuela Viva Córdoba cuyo intermezzo fue interpretado en este concierto de presentación con enorme éxito) así como con directores invitados como Juanjo Mena o el esperado regreso del que fuera también titular de la Orquesta de Córdoba, Manuel Hernández-Silva.

lunes, 15 de octubre de 2018

Ritorna vincitor


José Amador Morales (artículo publicado en Codalario)

Sevilla. Teatro de la Maestranza. 10 de Octubre de 2018. Juan Diego Flórez, tenor. Vincenzo Scalera, piano. Obras de Wolfgang Amadeus Mozart, Gaetano Donizetti, Giuseppe Verdi, Jules Massenet, Charles Gounod y Giacomo Puccini.


             Regresó Juan Diego Flórez a Sevilla trece años después de su última visita (y veinte desde su aparición en Alahor in Granata de Donizetti) saliendo, como entonces, triunfador de una velada en la que conquistó nuevamente al público sevillano en base a su comunicatividad y a un programa sin concesiones y completísimo.
A propósito del repertorio seleccionado, la comparación entre las piezas seleccionadas en aquél recital del 10 de Marzo de 2005 y las del que nos ocupa, resulta un claro exponente de la evolución de Flórez en su carrera operística. Si por aquél entonces se presentaba como exitoso tenor rossiniano, ahora su repertorio pretende abarcar más roles del repertorio clásico romántico hasta el punto de ni siquiera ofrecer en esta ocasión una sola página del compositor de Pésaro. Su voz, no en vano, lógicamente ha evolucionado con ello y sus agudos, aun siendo impactantes, no resultan tan fáciles al tiempo que su centro presenta un punto de más anchura. No obstante mantiene las principales cualidades vocales de antaño, esto es, un timbre ciertamente personal y atractivo, un fraseo de encantadora naturalidad y una técnica de calidad incuestionable. Por el contrario, probablemente sea el relativo volumen y el escaso registro grave los aspectos más insuficientes de su instrumento que, a la postre, le impiden desarrollar su potencial en un repertorio más pesado. En este sentido, el recital pareció estar planteado a modo de crescendo, esto es, de una progresiva exigencia de mayor densidad vocal de las piezas seleccionadas.

Flórez comenzó un Mozart de bello fraseo en “Dies Bildnis ist bezaubernd schön” de La flauta mágica, tal vez un punto narcisista, y conveniente diferenciación entre los diversos pasajes en la escena “Si spande al sole in faccia” de Il re pastore, cuya entrega final avanzó en parte lo que vendría a continuación. Porque si su “Una furtiva lacrima” convenció por su habitual sobriedad expresiva, dejando que la mera sensualidad del fraseo subyugara por sí sola, en la escena final de Lucia di Lammermoor descubrimos probablemente el mejor resultado de la evolución de Flórez estos últimos años, con un centro más nutrido que le permitió cincelar de forma extraordinaria el recitativo previo, un aria de alto calado expresivo que coronó con agudo de excelente apoyo y proyección así como una dramáticamente eficaz dosificación de los silencios finales. Tras ello, perdió algo de pie en la escena de La traviata con un aria algo descafeinada en lo expresivo y una cabaletta con evidente falta de empuje.
En la segunda parte, las arias de Massenet dieron una de cal y otra de arena, pues si la contemplativa "En fermant les yeux” de Manon – al igual que la célebre “Pourquoi me réveiller” de Werther - fueron momentos ideales para el lucimiento de su elegante y natural línea de canto, en "Ah, fuyez douce image” acusó problemas en el pasaje y en el fiato. Seguramente entre ambos, el aria del Faust de Gounod supuso un equilibrado término medio vocal y expresivo. El recital fue cerrado oficial y extraoficialmente con dos famosas páginas puccinianas: una hermosa “Che gelida manina” de La bohème y una impactante “Nessun dorma” de Turandot que contó con el propio público como insólito – ¡y afinado! – coro acompañante. Al igual que otras páginas ofrecidas durante la velada (no digamos Les vêpres siciliennes, con esa estupenda “A toi que j'ai chérie”), el morbo canoro aquí residió en lo inverosímil de ver a Flórez algún día cantando dichas óperas sobre el escenario y con una orquesta sinfónica por delante al tiempo que el disfrute de unas interpretaciones aquí apropiadas.
Entre ambas, y para delicia de un público para entonces ya rendido a sus pies, Juan Diego Flórez ofreció la inevitable “Ah mes amis” de La fille du règiment de Donizetti y, acompañándose a la guitarra, sus célebres versiones de Cucurrucucú, José Antonio, La flor de la canela y Granada. Estupendo Vincenzo Scalera al piano quien, además de su acreditado prestigio como acompañante de cantantes, regaló estimables versiones del Vals en Do mayor de Donizetti y la “Meditación” de Thaïs de Massenet.