José
Amador Morales (artículo publicado en Codalario)
Bayreuth. Festspielhaus. 14 de Agosto de 2018. Richard
Wagner: Parsifal. Andreas Schager (Parsifal),
Günther Groissböck (Gurnemanz), Elena Pankratova (Kundry), Thomas J. Mayer (Amfortas),
Tobias Kehrer (Titurel), Derek Welton (Klingsor). Coro y Orquesta del Festival de
Bayreuth. Semyon Bychkov, dirección musical. Uwe Eric Laufenberg, dirección
escénica.
Una vez superadas las visicitudes
por las que pasó este Parsifal
firmado por Uwe Eric Laufenber y que supusieron la renuncia prácticamente in
extremis de Andris Nelsons como su director musical, tras lo cual asumió la
batuta Harmut Haenchen con gran éxito, lo cierto es que esta producción escénica
nos resulta la más hermosa y convincente del actual Bayreuth tal y como comentamos
el pasado año (ver crítica aquí).
Alejada de esvásticas o experimentos antropológicos, es fiel a la partitura de
Wagner al tiempo que aporta una mirada nueva. A quienes les impactara la
película "De dioses y hombres" (Xavier Beauvois, 2011) como a quien
esto suscribe, es inevitable que les evoque emociones afines, pues hay
paralelismos y concomitancias entre esta producción de Parsifal y el citado film, especialmente evidentes a la hora de
trasladar una comunidad religiosa a un escenario bélico actual.
No obstante,
encontramos al mismo tiempo detalles snob que ya parecen inevitables: desde la
apertura de telón a mitad de los preludios del primer y tercer acto o
determinadas imágenes de sexo explícito que no aportan nada por estar
descontados en la información aportada por el libreto (gestos obscenos de
Klingsor con la cruz-dildo o coito de Amfortas con Kundry); ya comentamos en su
día y a propósito del antimusical Anillo
de Castorff que Bayreuth parece estar pasando su particular e infantil etapa de
grotesco “destape” erótico-pornográfico. Pero en cualquier caso, la progresión
dramática con que se aborda el personaje de Parsifal, la adaptación del
fenómeno de lo trascendente o místico a una circunstancia bélica como la de
Irak con la urgencia del compromiso moral que ello conlleva y el mensaje
universal de humanismo ecuménico con que se cierra la obra, es de una hondura,
coherencia y, en definitiva, belleza incuestionables.
No obstante,
encontramos al mismo tiempo detalles snob que ya parecen inevitables: desde la
apertura de telón a mitad de los preludios del primer y tercer acto o
determinadas imágenes de sexo explícito que no aportan nada por estar
descontados en la información aportada por el libreto (gestos obscenos de
Klingsor con la cruz-dildo o coito de Amfortas con Kundry); ya comentamos en su
día y a propósito del antimusical Anillo
de Castorff que Bayreuth parece estar pasando su particular e infantil etapa de
grotesco “destape” erótico-pornográfico. Pero en cualquier caso, la progresión
dramática con que se aborda el personaje de Parsifal, la adaptación del
fenómeno de lo trascendente o místico a una circunstancia bélica como la de
Irak con la urgencia del compromiso moral que ello conlleva y el mensaje
universal de humanismo ecuménico con que se cierra la obra, es de una hondura,
coherencia y, en definitiva, belleza incuestionables.
Semyon Bychkov ofreció una dirección
profundamente conocedora de la obra como demostró en Madrid hace dos años. Aquí
volvió a exponer un color y sentido del fraseo muy idiomáticos, una teatralidad
conseguida mediante tempi ágiles, aunque siempre musicales, así como la incorporación
de determinados efectos de gran impacto como los impresionantes silencios tras
el “Amfortas! Die Wunde!” de Parsifal o el grito de Kundry tras “und... lachte!”.
El Parsifal de Andreas Schager posee
una voz liviana y ensanchada artificialmente que ahora presenta en su registro
central un vibrato desagradable, seguramente provocado por el abordaje de roles
tan pesados como sendos Siegfried, Tristan o incluso Tannhäuser). Su canto
tampoco es en sí mismo expresivo lo que le lleva en demasiadas ocasiones a sobreactuar,
como a partir del "Amfortas! Die wunde!" donde tendió a la histeria.
En cualquier caso su natural lirismo es patente en el primer acto y sobre todo en
la escena final, aunque para entonces acusa fatiga vocal. Por su parte, Elena Pankratova
se mostró espectacular de medios vocales y talento dramático (esto último particularmente
evidente de un año a otro). Sin duda tiene todos los elementos para ser la
Kundry actual y heredera de las grandes creadoras del personaje: voz timbrada,
carnosa, homogénea, con agudos cómodos y graves con excelente apoyo (como en la
frase "in die Arme!" y en toda su espectacular escena final del
segundo acto).
El Parsifal de Andreas Schager posee
una voz liviana y ensanchada artificialmente que ahora presenta en su registro
central un vibrato desagradable, seguramente provocado por el abordaje de roles
tan pesados como sendos Siegfried, Tristan o incluso Tannhäuser). Su canto
tampoco es en sí mismo expresivo lo que le lleva en demasiadas ocasiones a sobreactuar,
como a partir del "Amfortas! Die wunde!" donde tendió a la histeria.
En cualquier caso su natural lirismo es patente en el primer acto y sobre todo en
la escena final, aunque para entonces acusa fatiga vocal. Por su parte, Elena Pankratova
se mostró espectacular de medios vocales y talento dramático (esto último particularmente
evidente de un año a otro). Sin duda tiene todos los elementos para ser la
Kundry actual y heredera de las grandes creadoras del personaje: voz timbrada,
carnosa, homogénea, con agudos cómodos y graves con excelente apoyo (como en la
frase "in die Arme!" y en toda su espectacular escena final del
segundo acto).
Günther Groissböck ha sido
“ascendido” a Gurnemanz tras su estupendo Veit Pogner y, no en vano, posee un
color atractivo y de gran proyección aunque no especialmente ancha y tal vez
demasiado juvenil para la parte. Quizás más preocupado por controlar la emisión
de la voz (lo cual no siempre consigue) que por aprovechar el gran partido
expresivo de su personaje, en este sentido resultó el reverso de Zeppenfeld, su
antecesor en esta producción; sin duda, tiene margen para madurar
interpretativamente el personaje, pues en lo vocal lo tiene a favor. Thomas J. Mayer compuso un Amfortas de timbre
desabrido y mate aunque consiguió dotar de cierta autenticidad al personaje,
logrando conmover con sus "Erbarmen!" durante la consagración del
primer acto. Algo juvenil el Klingsor de Derek Welton pero por lo demás muy
convincente y con importante presencia vocal.
Producción escénica más convincente del actual Bayreuth (ver
reseña del año pasado). Alejada de esvásticas o experimentos antropológicos, es
fiel a la obra al tiempo que aporta una mirada nueva. A quienes impactó la
película "De dioses y hombres" como a quien esto suscribe, es
inevitable que les evoque emociones afines. No obstante hay detalles algo snob
que ya parecen inevitables: la apertura de telón a mitad del preludio, momentos
sexuales que no aportan nada por estar descontados en la información aportada
por el libreto (gestos obscenos de Klingsor con la cruz-dildo o coito de
Amfortas con Kundry). Pero la progresión dramática con que se aborda el
personaje de Parsifal, la adaptación del fenómeno de lo trascendente o místico
a una circunstancia bélica como la de Irak con la urgencia del compromiso moral
que ello conlleva y el mensaje universal de humanismo ecuménico con que se
cierra, es de una hondura, coherencia y, en definitiva, belleza muy
conseguidos.
Una vez
más, tanto el Coro como la Orquesta del Festival de Bayreuth rayaron a una
altura impresionante, logrando escenas de un colorido y exhibiendo una gama de
matices que, precisamente en el Festphielhaus y con esta maravillosa partitura
hacen de su prestación algo insuperable.

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